No creo que lo recuerdes pero viniste al mundo llorando; y
si no lo hiciste te pegaron para que lo hicieras alegando que era necesario,
cual sinopsis de la vida. Inmediatamente después interpretaste que llorando era
la única forma de conseguir comer y un cambio de pañales.
Pero de repente todo se dio la vuelta, llorona y llorica se
convirtieron en insultos. Se metieron también con tus lágrimas de cocodrilo
mientras luchabas por evitar que algún que otro moco saliera de la nariz.
Si eres mujer quizás te conmovió escuchar a Bob Marley eso
de “No woman no cry” como si llorar fuera malo, y siendo hombre quizás se
acentuó el trauma con Miguel Bosé y eso de “Los chicos no lloran”. Y todo eso
pasaba mientras Celia te recordaba que la vida es un carnaval y no era necesario
llorar.
Si fuiste curioso e
indagaste en la vida del rey Boadbil quizás topaste con la frase que le dijo su
madre tras perder Granada ("Llora
como mujer lo que no supiste defender como hombre”).Desde luego que llorar no está bien visto. Y así
inventaste excusas tan malas como eso de “se me metió tierra en el ojo”.
Por otro lado tus lágrimas junto a tu sudor y tu sangre le
dieron valor a aquel reto que pudiste completar y ya ni recuerdas. Y mientras
tanto, Peret seguía buscando aquella lágrima tuya que cayó en la arena.
Mención aparte merecen las lágrimas de alegría, olvidadas
casi siempre; abocadas a ser carne de sospechas. Incluso si lloras de alegría
alguien pensará que lo haces tratando de esconder alguna maldad.
Y tras reflexionar con esto de llorar resulta que no hay
receta que valga salvo ser natural y no olvidar a El Chojin con eso de “ríe
cuando puedas, llora cuando lo necesites”.
Que haya sido un lunes creo que es todo un guiño del destino
para poder darle aires trágicos a mi historia. Podía haber sido un martes 13,
pero creo que no me he portado tan mal como para recibir semejante castigo. El caso
es que mi móvil ha muerto. Cierto es que tenía menos de un año pero no me
sorprende, rara es la manzana que dura más de dos meses sin podrirse, y si encima
es una manzana mordida ya ni hablamos…
Nunca he perdido el conocimiento, tengo fama de patoso pero
se ve que algún talismán escondido que debo tener hizo que me librara de experimentar
semejante sensación. No sé bien que se siente al perder el conocimiento, pero
supongo que debe ser muy parecido a lo que estoy pasando ahora mismo.
No sé si podré vivir sin recibir tanta información pues he
perdido la lista de la compra del 11 de noviembre, la del 4 de marzo y la del 5
de abril. He perdido también la foto de la cebolla dentro de la cebolla que
saqué ayer (muy digna de Cuarto Milenio). Tampoco podré recibir la llamada de
Barack Obama que estoy esperando para ver si me da trabajo en la Casa Blanca
(sí, me lo tenía muy calladito). Sin embargo lo que más me preocupa es el
Whatsapp, ya no podré saber a qué hora se conectó por última vez mi vecino, ni
si aquella chica con la que hace 4 años que no hablo actualizó su foto de
perfil.
¿Y si hoy por fin alguien se había dignado a decir “Hola” en
ese grupo donde nadie habla? ¿Cuántas obscenidades estarán dejando de ver mis
ojos hoy? Y peor aún, ¿por qué me pasa esto un lunes? Si el lunes es el día por
excelencia de comentar la jornada de fútbol. Tampoco quiero pensar qué pasará
si hoy no recibo ninguna foto de platos de comida. ¡Estoy en un sin vivir!
NOTA: (En este mismo momento se acaba de encender mi móvil,
pero le estaba cogiendo gusto a esto de escribir, así que seguiré) (sí, aunque
no lo parezca todo lo anterior era real, a excepción de lo Obama)
Creo que estoy ante un claro ejemplo de punto de inflexión. Partiendo
de la base de que al parecer no soy lo suficientemente ‘smart’ para tener un ‘smartphone’
no sé si volver al Nokia 3310 y cambiar redes sociales por la serpiente, dejarlo
todo, incomunicarme y montar un chiringuito en la playa o llevar a que algún
ciudadano del mundo me pida un riñón para arreglar el dichoso móvil.
En fin, dado que todo ha acabado en un susto, creo que por
una vez, el escribir me ha servido para ahorrar dinero, porque si no me hubiera
dado por comentar mi particular tragedia de lunes no le hubiera dado tiempo a
mi móvil a regenerarse. Y sí, no hay nada más patético que ver como al llegar
al servicio técnico todos los aparatitos misteriosamente empiezan a funcionar. Y
de pasar por caja no se libra nadie.
Nunca tuve muy claro en qué momento se dejaba de ser niño,
no recuerdo bien si fue al ver al Ratoncito Pérez esconder mi diente o al ver
el almacén donde los Reyes Magos escondían mis regalos. Pudo ser también el día
que tuve que pedir consejo para ver qué hacer con la pelusilla que yacía bajo
mi nariz, o quizás la primera vez que me quedé solo en casa y no traté de crear
trampas cual Kevin McAllister.
Además, como varón nunca me llegó ninguna llamada biológica
que alterara mi vientre y me diera a entender que mi infancia estaba punto de
agotarse.
Por encima de cualquier escena,creo que dejé de ser niño al conocer algunas
palabras, porque hay palabras malditas y malditas palabras. No soy quien para
invocar a las primeras, y de las segundas me llama la atención una de ellas: IMPOSIBLE. Y
es que creo que se deja de ser niñocada
vez que se descubre esta palabra.
Debería ahora hacerme pasar por autor místico de libros de
autoayuda, nombrar a Rosana cuando decía eso de “a imposible le sobran dos
letras”, jugar un poco con la famosa saga protagonizada por Tom Cruise,
recordar aquel anuncio de Adidas o matizar que imposible no significa
improbable. Pero no, seré más práctico, te pediré un minuto para que recuerdes
aquella idea tan loca que rondaba en tu cabeza de niño. Probablemente llegarán
ciertas fases, quizás no en este orden pero llegarán:
Te insultarás, preguntándote cómo pudiste pensar algo tan
descabellado, te admirarás también, cual bipolar viendo cómo una idea tan
genial pudo salir de tu cabeza. Pronunciarás también eso de “son cosas de niños…”,
y alguna que otra fase que seguramente se me escapa. Quizás recuerdes también
la desilusión al descubrir que tu idea era inviable. En ese momento te hiciste
adulto, o por lo menos un poco menos niño.
Ahora dejo en tu mano, con unos cuantos años más, y espero
que algún que otro conocimiento adicional que valores si te precipitaste cuando
dijiste que tu idea era imposible porque quizás con un par de modificaciones
tus ideas de niño podrán ser tus ilusiones de viejo.
El 20 de abril un año más sigue siendo un día especial para mí, este año he seguido fiel a mi tradición y son estas las palabras que he decidido "arrejuntar". Feliz 20 de abril
Creo que uno de los errores que más veces he repetidos ha
sido el esperar que los demás actuaran como yo suponía que harían. Creyéndome
un gran estratega no puedo negar que alguna que otra vez me dije a mí mismo eso
de “primero digo yo esto, y seguro que luego él/ella dice aquello y luego yo
añado aquello y todo arreglado”. No nos engañemos, eso rara vez pasa, al
contrario que las decepciones que siempre se dejan ver en situaciones así. Pasó
así aquella vez que te dije aquello para que hicieras tal cosa, o cuando no
hiciste lo que yo hubiera hecho en tu más que hipotético lugar, o bien aquel
día que…
Un simple hecho hipotecó nuestra amistad, un simple segundo
pudo enturbiar tantos buenos momentos o incluso cambiar las impresiones que
teníamos el uno del otro. Yo, máquina de excusas más bien poco hice por
arreglar las cosas, lo dejé en manos del tiempo, sin saber que el tiempo más
que médico es curandero.
El caso es que hoy es 20 de abril de 2013, y recordando a
Celtas Cortos (una vez más), me acuerdo de ti; para ser sinceros no lo hago
solamente hoy puesto que pienso en ti más de lo que tú piensas y no sé si más
de lo que debiera. Quizás tú ya te hayas olvidado de mí, mientras yo sigo
anclado en el pasado, pero entiéndelo, es de ahí de donde vengo, donde se halla
mi única certeza.
Una vez dicho esto, déjame romper el hielo y contarte un
poco de mi vida para ver si así te animas tú y te abres como hacías antaño.
Tengo noticias de mí que te alegraría conocer, o solían alegrarte, noticias que
guardo junto a preguntas que quiero hacerte. Debes sabertambién que sigo teniendo presente la lista
de promesas que en su día hicimos. De resto, sigo igual, sin saber hacer el
pino o escupir y con mi manía de hablar más de la cuenta, aunque también sigo
callando a ratos.
No recuerdo bien si siempre lo fui pero el caso es que
ahora, cual pluriempleado soy valiente y cobarde a tiempo parcial. Y quizás sea
mi lado cobarde el que me hace no preguntarte qué pasó entre nosotros, si nos
regamos tan poco y nos secamos o si tanta agua ahogó nuestra relación.
Me voy despidiendo ya con un último mensaje. Supongo que
habrás cambiado y tratarás de asumirlo a momentos y de esconderlo otras tantas
veces y ya que sé que al menos me lees voy a confesar que no solo te pasa a ti.
Por favor que el cambio no te acompleje porque en él vivimos, y no me hagas
ponerme de pesado y repetirte aquello de Heráclito y Parménides que tanto me
gustaba, porque vas a descubrir que hay cosas en mí que no cambian
Llevaba días preocupado por no saber qué escribir. Ni la
situación política del país, ni los cambios en la jerarquía eclesiástica, ni el
día de la mujer trabajadora han logrado inspirarme. Supongo que será cosa del
frío. Supongo también que cuando Pereza cantaba aquello de “con los pies fríos
no se piensa bien” lo hacían con conocimiento de causa.
La vaga ocurrencia que se me pasó por la mente era escribir
sobre fútbol. Lejos de dobles pivotes, expulsiones exageradas, cruces de
cuartos de final o ese argentino que parece no tener límites. Quería escribir
del fútbol como principal elemento globalizador por encima de las hamburguesas
de la “M amarilla” o de esas manzanas que lucen en ordenadores, tabletas,
reproductores de música o móviles. Pretendía hacerlo con una afirmación muy
radical “en los colegios no se debería enseñar tantas Matemáticas, Conocimiento
del Medio, Religión (…) se debería enseñar fútbol”.
Pero no, he aprendido a escribir solamente cuando estoy
medianamente convencido de algo, y esta vez no era el caso. Es cierto que mi
tesis estaba respaldada en la obligación de saber de fútbol para poder entablar
conversaciones con compañeros de trabajo, conocidos, o recién presentados. No importa
la jerarquía, en ese momento todos estamos al mismo nivel y sacamos nuestros
conocimientos futbolísticos a escena. En ese instante, da igual si sabes lo que
es la mitosis o no, da igual que no recuerdes ningún elemento de la tabla
periódica, puedes flaquear en las tablas de multiplicar… pero si no sabes cómo
quedó el partido del fin de semana, quién marcó, qué jugador está en racha,
etcétera etcétera puedes ser visto como un ser muy muy extaño.
Rechacé llevar a cabo mis intenciones de escritura. Hasta que
algo pasó, me recordaron que tal día como hoy pero hace 16 años (16 años, que
se dice pronto) mi equipo llegó lo más lejos que jamás ha llegado en
competiciones europeas. Estas cosas no solamente me hacen sentir viejo sino que
también me hacen comportarme como uno de ellos y decir frases tan típicas como
eso de “y parece que fue ayer”, “la vida pasa muy rápido”, “nadie ha vuelto a
vestir la camiseta del Tenerife con tanto orgullo como lo hacían antes”.
Recuerdo llegar de clases de inglés aquel 18 de marzo de
1997. Martes, eso significaba que tenía que ser rápido para ducharme y terminar
las tareas porque los martes históricamente siempre llegaba a casa a eso de las
19:15. Recuerdo también estar en la cama de mis padres viendo el partido con mi
madre, algo muy raro puesto que a mi madre no le gusta el fútbol. Y eso es lo
bonito, que una persona a la que no le gusta ver el fútbol renunciara a ver “Médico
de Familia”, “Querido Maestro”, “Urgencias” o qué se yo qué programa de la
televisión de antes por estar con su hijo sobre aquella manta de lana viendo a
aquel equipito luchando por hacer algo grande.
Creo recordar que mi madre celebró el gol del Tenerife. Y probablemente fue ahí cuando comprendí que no
me gustaba el fútbol, lo que me gustaba era las emociones que transmiten menos
de dos docenas de tíos corriendo tras un balón. Tras ese día llegaron botellas
de champán para celebrar ascensos, días de fútbol con gente a la que ahora no
me hablo, abrazos a desconocidos al marcar Alfaro a Las Palmas, dolores de
barriga al ver asomar el césped del estadio, o mochilas preparadas desde por la
mañana para ir al estadio con mi abuelo. Recuerdo también estar subidos a los
hombros de un amigo descorchando una botella de sidra para celebrar el gol de
Kome, o abrazarme a mi primo tras ganarle al Xerez el año del ascenso. O
recorrer toda la isla de La Palma con mi otro abuelo y mi bandera para ver un
simple partido amistoso.
Ahora, 16 años después, hundidos bastante abajo es cuando
empiezo a darme cuenta de lo que significaba aquel gol de Antonio Mata, ahora
es cuando empiezo a desear de verdad que esos días vuelvan. Porque ya sabemos
que el que prueba siempre quiere repetir. Ahora es cuando comprendo que seguir “adelante
sin temor” es más que una frase del himno, es una filosofía de vida.
Y además de todo eso, el Tenerife hoy ha sido la excusa para
actualizar este blog. No le puedo pedir más al equipo de mi tierra por hoy.
Bueno sí, volver a sentir lo que en su momento no entendí.