lunes, 10 de marzo de 2014

Aeropuertos

Siempre me gustaron los aeropuertos y quise escribir sobre ellos. Son lugares llenos de ilusión aunque en los últimos tiempos viajar se haya llenado de pequeños trámites que complican el viaje: pesado de maletas, estrictos controles, certificados de residencia… Hasta hace unos años, cada vez que llegué a un aeropuerto había algún beso y/o abrazo esperándome, luego tuve que afrontar las puertas de llegadas simulando prisas y afrontando la parada de taxis, guaguas o metro.

Vi gente con flores, perros, pancartas. Vi risas, solicitudes de ayuda para arrastrar el carro, gente cargada de souvenirs, vi emoción al fin y al cabo, y solo así pude entender el inicio de la película Love Actually, donde una voz en off decía lo siguiente:

 “Cuando la situación mundial me deprime pienso en la entrada al aeropuerto de Heathrow. Dicen que vivimos en un mundo de odio y egoísmo pero yo no lo veo así. Yo creo que el amor nos rodea. Puede que no siempre sea algo digno de las noticias. Pero siempre está. Entre padres e hijos, madres e hijas, maridos y mujeres novios, novias, viejas amistades. Dudo que ninguna de las llamadas desde los aviones de las Torres Gemelas fuera de odio o de venganza. Fueron mensajes de amor. Si lo buscáis, os daréis cuenta de que el amor efectivamente nos rodea”

Alguna vez llegué a decir que pocos lugares generan tanta ilusión como los aeropuertos, de hecho, me atrevería a decir que en este peculiar ranking  solamente los estadios y recintos deportivos en general provocan una sensación así. Quizás sea por la predisposición con la que uno va, aunque para pagar una hora de parking haya que tirar de ahorros, aunque en la pantalla aparezca una alerta que advierta del retraso. Quien viaja afronta también un gran estado de ilusión, tal vez no haya dormido pensando en el reencuentro que le espera, del viaje de amigos, lunas de miel, no importa las veces que se viaje, ni el motivo, en mi caso siempre me sentiré especial al pasear mi trolley camino del mostrador de facturación.


En mi última visita a un aeropuerto me encontré con un argentino de dos metros siete centímetros que  despide a su pareja, no más alta que yo. Se derrumban, y entre besos y abrazo comienzan a salir lágrimas. No puedo parar de mirarles, y siento como si estuvieran inspirando esta entrada, cuando lo que realmente hacen es empujarme a hacerlo. No escucho bien qué se dicen, pero no lo necesito, muy probablemente se estarán diciendo eso de “nos vemos pronto”,  los dos sabrán que todavía queda para ese momento, pero el tiempo es efímero, y pronto se verán, porque si se quiere, solamente ellos podrán hacer que una eternidad se convierta en “pronto”.


Y hasta en un momento así, con lágrimas y miradas a través de un cristal hay ilusión, ilusión por volver a verse. ¿No es  eso mágico?

martes, 25 de febrero de 2014

Pijama sexy

Hay cosas que nunca entendí. Las asumí y procuré no darles muchas vueltas. El uso del pijama es una de esas costumbres que me cuesta entender. Los hay de todos los tipos, reciclados con una camiseta promocional, con capucha, pijamas que no parecen pijamas, clásicos, abrigaditos, que provocan picores, con bolsillos o sin bolsillos (algo útil, si como a mí, por la noche te pica el gusanillo y tienes que ir a la cocina a comer galletas).

Hay también perfumes que son pijama, o eso decía Marylin. Lo que sí es cierto es que todavía no he encontrado un pijama con el que se pueda ir sin complejos a abrir a la puerta si alguien toca el timbre.

Otros complejos sufren la paradoja de ser tan sexys que piden a gritos ser arrancados, cual delincuente que roba una flor que da color a un parque. Evidentemente, hablo de pijamas femeninos, aún no tengo conocimiento de la existencia de pijamas masculinos que tengan algo de sensual.

Probablemente ahora, querido amigo lector, me estés dando la razón y pensando que el pijama es una prenda realmente estúpida, pero no, pese a los párrafos anteriores creo que lo que pasa es que los fabricantes de pijama tuvieron un pequeño fallo de marketing a la hora de ponerle nombre a tan peculiar prenda. Si en vez de pijama se llamara ‘ropa de soñar’ nadie dudaría de su utilidad.

Y es que si panaderos, dentistas, farmacéuticos, camareros, etcétera utilizan su propia ropa para trabajar, ¿cómo no íbamos a ponernos nuestra propia indumentaria para algo tan importante como soñar?.

Ahora es cuando parafraseo a Calderón de la Barca y digo que toda la vida es sueño. Y quizás cuando dije ‘ropa de soñar’ pequé de humilde y debí haber dicho ‘máquina de vida’.
Sexy o agujereado, vestirse con ropa apropiada, es el primer paso para comenzar un reto tan grande como soñar.



Pd: pido disculpas si por el título de esta entrada alguien esperaba algo mejor, o alguna sugerencia de disfraz para carnavales.

lunes, 3 de febrero de 2014

Hablando de miedo

Hay palabras que no sé cuándo aprendí,  simplemente las asimilé pero jamás hice el esfuerzo de buscar mi propia definición o reflexionar sobre su significado. Me gustaría poder más adelante escribir sobre varias palabras, pero hoy voy a centrarme en una en particular. Prometo que hasta hoy nunca había buscado en el diccionario de la RAE el significado de la palabra ‘miedo’.  Copio y pego:

miedo.
(Del lat. metus).
1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.
2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.


No sé bien cuál de las dos definiciones me gusta más. Las dos me dan que pensar. La primera por el hecho de saber que el riesgo puede ser tanto real como imaginario. La segunda me recuerda que nunca he tenido muy claro lo que deseo, por lo que quizás no debería tener miedo nunca. O quizás el saber que gracias al miedo, a veces se puede descubrir qué es lo que uno realmente desea.

Desde pequeño nos meten miedo, el hombre del saco, la oscuridad, la policía o el quedarnos sin algo que tenemos son varias de las armas utilizadas. Nos pusieron películas de miedo, y nosotros, pese a saber que el riesgo era imaginario, nos asustamos. Me atrevería a decir que algo similar está pasando ahora mismo en la sociedad española y tal vez global, están jugando con nuestros miedos, con nuestros temores al cambio, con sentirnos en la cuerda floja. Nos tienen arrinconados, nos tienen (no sé quién o quiénes) donde quieren tenernos.

 Una vez más me remito a la música para extraer varias conclusiones sobre el miedo. Hanna (¿Se acuerdan de ella?) decía algo así como que “el miedo no te deja andar ni ver”. Nos ciega, y ante problemas casi siempre irreales nos hace olvidarnos del presente. Por su parte, M-Clan reconocían tener “miedo a que me tengas miedo”, eso es algo terrible, sentir que quien queremos puede vernos como una amenaza, aunque tal vez sea peor el caso que plantea el cantante Leiva cuando canta “no me gusta pensar que te tengo miedo”. Ismael Serrano tituló a un tema con el nombre de “El virus del miedo”, y quizás esta mención tenía que haberla hecho en el tercer párrafo. Tampoco quiero dejar de lado a Maldita Nerea quienes titularon a una de sus canciones con el nombre de “Por el miedo a equivocarnos”, riesgo o daño más que imaginario, si atendemos a la primera definición.


Sin embargo, la canción que más abajo cuelgo, me recuerda que el miedo no es a algo concreto, puede ser a cosas cotidianas. Y no, esta vez mi entrada no trae conclusión, tal y como acostumbro, no es que tenga miedo a no acertar, sino que creo que no procede.



viernes, 31 de enero de 2014

Música en la calle

Aún no es hora punta en la Calle El Castillo, los comercios no han abierto y los pocos transeúntes que habitan en ese momento la calle miran al cielo cavilando sobre el estado del tiempo. Y es que el cielo está gris y caen algunas gotas de agua, lo que conocemos como un chipichipi.

Integrados en el paisaje, con todos mis respetos, me voy encontrando con varios músicos callejeros. Mi pobre cultura musical me impide reconocer de qué canción se trata pero la verdad es que tiene aires de tristeza. Y digo aire porque es de un acordeón y de las manos de su dueño de donde viene todo.

Verano, bermudas, chanclas y pantalones que bien podrían ser bragas copan la calle. Todo el mundo parece venir o ir a la playa, y quien no lo hace sueña con ello. Si la vida fuera como publicistas y personal de Disney nos hacen ver, la gente iría silbando por las calles, saludando a todo Cristo, mientras lagartos y liebres disfrutan al sol. Tal vez en la esquina de Desigual descansaría un mexicano al que entre poncho y sombrero no podríamos verle la cara. Pero no, no es el caso, y lo que sí hay es algún saxofonista/guitarrista/acordeonista animando la calle. Se respira euforia.

No sé si es casualidad o no, pero cuando llueve, las canciones que los artistas nos regalan son tristes, y cuando brilla el sol, cada nota trae optimismo. ¿No debería ser al revés? Es decir, los días de lluvia deberían combatir el gris con algo de color, mientras que los días de “solajero” no estaría mal que  nos bajaran al suelo, cual yin y yan, recordándonos cuál es la realidad.

En eso voy pensando a punto de torcer para llegar a “la plaza de El Chicharro” cuando me planteo si realmente la música que suena es tan triste o si soy yo el que quiere oírla con cierto pesimismo. Y ahí queda la duda.

¿Qué moraleja saco de todo esto? Pues que hasta de un mes gris se puede sacar algo bueno. Siempre que entendamos estas tres entradas en el blog en enero como algo bueno. Y sobretodo, la conclusión que saco es que ni cuatro gotas ni varias notas musicales pueden frenarnos e influir en nuestra percepción. Está en nosotros.


Y sí, me aplicaré el cuento.

jueves, 16 de enero de 2014

Brainstorming (con o sin paraguas)

Me dirijo al trabajo, a menos de 5 metros de mí, al igual que ayer, viajan un niño y su trajeado padre. Nunca tuve la habilidad de ver parecidos en la gente, pero esta vez mirándoles la barbilla a los dos pienso eso de “la verdad es que no se puede negar que es hijo suyo”. Por si fuera poco, ambos comparten una calma asombrosa, o por lo menos asombrosa para la edad del niño.

Puede ser cosa de la hora, pero quienes tienen por rutina el ir a trabajar/estudiar en transporte público saben de lo que hablo. Afuera llueve. Y de repente se hace un silencio lo suficientemente silencioso (no olvidemos que John Cage afirmaba que el silencio absoluto no existe) como para oír cómo el niño preguntaba porqué había gente sin paraguas. Oí una pequeña risa tímida que me confirmó que yo no era el único que sin querer había escuchado la pregunta.

La respuesta que el niño recibió, que la hubo, poco importa en el devenir de esta entrada. Y es que en ese momento aunque la pregunta no fuera dirigida a mí me paré a pensar qué hubiera respondido yo en ese momento. Y concluí en el momento que quizás aún no esté preparado para afrontar la paternidad.

Lo que me pasó después, fue algo que me suele suceder muy a menudo, y es que por mi cabeza comenzaron a pasar varias respuestas posibles. Paró la lluvia, pero a lo largo de la mañana me sorprendió una tormenta de ideas, y no, yo tampoco tenía paraguas para protegerme de ella. Estas son algunas de las hipotéticas respuestas que le hubiera dado al pequeño protagonista de esta historia:

  • “No todo el mundo tiene una madre tan previsora como la tuya”. Porque no nos engañemos, la obsesión del niño por llevar paraguas muy probablemente tiene origen en la figura materna.
  • “Hay gente que al salir de casa se encontró con un sol radiante”. Sí, no es cosa del cambio climático sino de los microclimas. (Además, no olvidemos que el actual presidente del Gobierno español negó en su momento la existencia del Cambio Climático)
  • “No todo el mundo tiene paraguas”. Quizás esta respuesta sea la más didáctica de todas y le ayude a comprender que lo que para nosotros es común para otros puede ser exótico.
  • “No están de moda los paraguas”. Y es que no nos engañemos, hay objetos de uso cotidiano que han existido de hace tiempo y se usan según las tendencias. Dan fe de esto calentadores, riñoneras, etcétera etcétera.
  • “A veces con ponerse la capucha basta”. Vale, esta respuesta es muy mía. No sé porqué pero a veces con que no se me moje la cabeza me doy por satisfecho.
  • “Es solamente agua, como con la que tú te duchas”. Una verdad como un templo, aunque ahora alguien me diga que técnicamente el agua del grifo tiene mayores índices de cloro y/o flúor.
  • “No hay que temerle al agua, de hecho somos agua al 60%”. Vale, esto lo digo simplemente a raíz de mi entrada de ayer. Puse 80% y me comentaron que la cifra era errónea.
  • “Hay gente que disfruta con la lluvia”. Esta es mi preferida, y es que con la que está cayendo (¡qué agudo estoy!) valorar las pequeñas cosas y disfrutar con todo lo que nos venga no es mala receta.


¿Y tú, qué respuesta le hubieras dado al chiquitín?

miércoles, 15 de enero de 2014

Agua

Todos, tendemos a olvidar cómo pensábamos con 13 años. Incluso quien aún actúa como si estuviera en plena edad del pavo probablemente haya olvidado la forma de ver el mundo que tenía con tan nombrada edad. Personalmente, creo que si pudiera volver al pasado debería darme un par de bofetones, aunque sé que candidatas y candidatos no faltarían en esta o aquella época.

Hacer limpia es algo que aunque no me gusta nada, me inspira. Les pongo en situación, el otro día mientras revisaba viejos recuerdos, recordé (para eso están los recuerdos) una vieja redacción en la que tenía que hablar sobre el agua. Tenía 13 años, y para mí el agua quizás no fuera más que eso que sale del grifo cada vez que uno quiere. Puede que también en mi cabeza rondara el dato que dice que somos agua al 80%. El caso es que en mi cabeza no cabía que aún viviendo en una isla, rodeado de mar, mi padre me dijera que el agua era (y es) un bien escaso.

Después llegó la Expo de Zaragoza, dedicada al agua y fui comprendiendo poco a poco la importancia del agua.

Y de repente, no sé bien cuándo, caí en la cuenta de que la importancia del agua era tanta que traspasaba la literalidad para establecerse en más de las expresiones de las que a priori pensamos.

Hay gente a la que le falta un agua y están como una regadera.

También hay gente que va a la deriva, hundida. Muchos de ellos, cual náufrago buscan forma de ahogar sus penas.

Otros no hacen más que aguar las fiestas, allá donde van mientras ven como los demás esperan como agua de mayo que cambien su actitud.

A las personas también se nos puede regar, no con agua, sino con cariño. De hecho, me atrevería a decir que el cariño y el afecto, en muchas ocasiones puede llegar a ser casi tan importante como el agua para sobrevivir. Además, hay que saber darlo en la cantidad apropiada, para así ni secar ni pudrir a quien queremos.


Y sí, tras más de una década ratifico que el agua es más que dos partículas de Hidrógeno con una de Oxígeno.

Esta entrada va dedicada a quienes me riegan, a quienes no me regaron, y sobretodo a quienes aún necesitando mi cariño no regué demasiado por estarme dedicando a regar cactus que no me necesitaban. A todas esas grandes ramas sequitas les mando un poco de agüita.








(No, la canción de los chicos de OT no contribuyó a mi comprensión de la importancia del agua)