sábado, 31 de diciembre de 2011
2011 ya es (casi) historia
Hemos tenido que votar en dos ocasiones, quizás con menos ilusión que otras veces, sin ganas, sin esperanzas y sin la fe de que introduciendo un papel en una urna todo iría a mejor. Y si los medios han recurrido al tópico de “fiesta de la democracia” para estos días debo decir que ha sido como ir a una fiesta sin tener ganas, solamente para saludar, buscando la mínima excusa para volver a casa. No voy a entrar a valorar qué parte de culpa tiene el movimiento del 15-M de esta desilusión, o si tan siquiera tiene algo de culpa. Y es que este año que termina ha sido el de levantarse e imaginar otro mundo posible, las formas habrá quien las discuta, pero el hecho de que todavía haya gente con la capacidad de imaginar es de celebrar.
Detrás de este movimiento se esconde también la onda expansiva del “boom” de las redes sociales, redes que ya no solo utilizamos los ciudadanos de a pie carentes de poderes, sino también los periodistas y redactores de los medios de comunicación, que invadidos quizás por la pereza, han encontrado una forma más rápida para buscar noticias. De hecho, ya no sé cómo era un telediario sin noticas procedentes de Twitter o Facebook.
Noticias más dramáticas, más importantes, y más olvidadas todavía han ocurrido este año, Egipto y sus revueltas, terremotos en Japón y Lorca, crisis nucleares en Fukushima… Partidos de fútbol benéficos, conciertos y demás formas de recaudar aparecieron, pero, ¿y luego? Supongo que será ley de vida, al igual que pasa cuando muere alguien, durante días se ensalza su vida y obra y luego caen al olvido, Amy Winehouse, Steve Jobs o Severiano Ballesteros son claro ejemplo de ello. Por el contrario, tenemos a Bin Laden o Gadafi de quienes no he oído tantos piropos.
A caballo entre el balance personal y el genérico me veo obligado a hacer una reseña a la isla de El Hierro, casualmente este año ha sido el único de mi vida en el que no he estado un par de días por allí, y sin embargo ha sido el año que más veces ha sido nombrado en medios de comunicación nacionales. Por consiguiente, ha sido el año que más mentiras he escuchado sobre la isla, y una vez el daño ha sido hecho, nadie ha pedido perdón, nadie se acuerda, y quien tanto dramatismo puso ni se ha parado a pensar en el ridículo que ha hecho.
Dicho esto, del 2011 me llevo una licenciatura, una vuelta a casa, haber conocido gente curiosa, y sobre todo muchos aprendizajes que todavía tengo que asimilar, y espero no olvidar con facilidad. Es este un resumen demasiado escueto, y hay dos motivos para ello, el primero es que lo de poner las cosas en orden y ver en qué dirección quiero avanzar lo he dejado para 2012 y el segundo motivo es que con el paso del tiempo los años se me hacen más fugaces y me cuesta más recordar acontecimientos importantes.
Y es que al final, todo es efímero, al igual que la señal de 110 que tan poco duró, un fuerte abrazo a todos, y mis mejores deseos para cada uno de los 366 días que están por venir.
martes, 20 de diciembre de 2011
Libros sin terminar
Sin embargo, en esta ocasión creo que voy a hacer una pequeña excepción, he visto que Miguel Gila, a raíz de un nuevo anuncio de una compañía de embutidos ha vuelto a ser noticia, me alegra realmente que un personaje así no caiga en el olvido, sin embargo me hace gracia la facilidad que tiene mucha gente para subirse al carro y declararse fan número 1 del difunto humorista sin apenas conocer nada de su vida y obra. Como si tuviera que demostrarme a mí mismo que en esta ocasión no formo parte del grupo de los oportunistas, me ha dado automáticamente por buscar entre mis libros alguno de Gila. He encontrado dos, no recuerdo si tengo alguno más por ahí, pero lo más curioso de todo es que en ambos casos había un marcador casi al final.
Esto es muy habitual de mí, creo que de toda mi “colección” de libros, menos del 10% no se encuentra en esta situación, el resto esconde un marcador (u otras cosas que cumplan su función, como pegatinas, folletos, tarjetas de embarque, entradas de conciertos…) entre sus páginas por diversos motivos, el libro no terminaba de llegarme, simple despiste o como pasaba con los libros de Gila, como forma de evitar el final.
Me cuesta mucho admitir que un libro se termina (los libros de clase van en otro apartado), y como si no estuviera preparado para ello, reservo las páginas que me quedan por leer para otro momento, como si la dosis de lectura fuera más necesaria en momentos de bajón. No es tan raro, también lo hace el aventurero en medio del desierto que reserva un poco de agua en su cantimplora para momentos realmente necesarios salvo a tener sed.
Sin embargo, dudo de la eficacia de esta técnica, básicamente porque cuando vuelvo a toparme con estos libros ya he olvidado de qué va el libro, y no recuerdo nada de las páginas anteriores, así que me veo obligado a empezar de cero, cayendo así en un bucle casi infinito.
A lo que iba, tras toparme con un marcador que separaba al último capítulo con el resto de páginas he ojeado y hojeado el libro, creyendo que me iba a acordar de algo, y he acabado empezando por el inicio. La primera historia de Miguel hablaba de un hombre al que su pereza le hacía perderse todas las cosas que quería, así por ejemplo, por no vestirse, bajar a la calle e ir hasta un bar dejaba de reunirse con sus amigos entre otras rarezas.
Casualmente, llevo un par de días de descanso en los que pese a tener ganas de hacer muchas cosas acabo siendo derrotado por la pereza, y optando por acumular horas de sillón ¿casualidad que este libro haya llegado a mí y haya hecho que al menos me ponga a actualizar el blog? Cada vez creo menos en las casualidades.
martes, 8 de noviembre de 2011
Los regalos del otoño
Con el otoño llega la lluvia, y con la lluvia la magia, esa magia de ver cómo cambia el ritmo de las cosas, los coches, acostumbrados a ir rápido se ralentizan y dan paso a los atascos, mientras, las calles se aceleran en busca de un soportal donde resguardarse de la lluvia o el camino más corto de vuelta a casa. En otras ocasiones la lluvia sirve para que la gente se crezca. Me explico, lejos de hacer que encojamos, la lluvia hace que el novio que espera a su pareja, paraguas en mano, y la otra mano en un bolsillo, con ese gesto tan de esperar, sea recibido como un héroe a la hora del encuentro, recibimiento que valdrá una sonrisa y acabará con un paseo bajo el paraguas. También la lluvia hará que los campos se vuelvan verdes, y traerá inspiración a poetas y artistas, pero todo esto, mejor que lo digan ellos y no yo.
No solamente sufrirán cambios las calles, los armarios se verán alterados llegarán a él el negro y el gris como color predominante, y se esconderán los colores chillones, las botas harán acto de aparición y se erigirá un ídolo cada vez que alguien vista bermudas y camiseta de manga corta. Yo por mi parte, mantendré la ilusión despierta, puesto que todas las chicas visten igual, me parecerá ver en cada esquina a mi amor platónico, después vendrá la desilusión pero habrá valido la pena y esconderé la vergüenza entre bufandas.
Por su parte, la decoración navideña se adueña de los escaparates y estanterías de comercios, dando el color que a las calles les falta con tanta ropa oscura, el rojo de Papá Noel una vez más llamará la atención de los transeúntes, aunque por dentro, muchos se mantendrán fieles a los Reyes Magos, pero como eso queda lejos, en otoño no surgen esas dudas. Hasta el 7 de enero y desde hoy persistirán arbolitos y figuritas, y una vez pasadas las fechas, el comerciante se verá con stocks inútiles, igual que pasa tras Halloween o Carnavales. Pero como ya dije antes, todavía no es momento de preocuparse, más que nada porque el otoño es una estación de transición, aunque no es menos cierto que toda estación es de transición, toda estación terminará y dará paso a otra pero tarde o temprano volverá.
Y mientras otoño me trae estos tres regalos yo probablemente seguiré expectante viendo la metamorfosis otoñal con mi eterno dilema que me lleva a desear que pase el tiempo para algunas cosas y que se estanque para otras cosas, mientras cuento los días para los exámenes y no me salen las cuentas.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Una reflexión de cumpleaños diferente
Hubo un tiempo en que cumplir años, a pesar de los regalos, me deprimía, me molestaba y me hacía reflexionar mucho. Comencé así a escribir cada vez que llegaba mi cumpleaños y aunque sigue haciéndome reflexionar, el desahogarme ha hecho que trate de buscar una lectura positiva del paso del tiempo.
El tiempo ha venido a por mí y a por todos mis amigos, y no es casualidad que tome prestada la frase que tanta felicidad traía en mi infancia cuando uno se “libraba” jugando al escondite, no es una mera coincidencia porque es en estos días cuando con mayor frecuencia hecho la vista atrás y me encuentro con mi versión de niño, tan lejos y a la vez tan cerca, y lejos de caer en el síndrome de Peter Pan, o en el de Dani Martín (que siempre en sus discos tiene alguna canción que hace alegoría a la infancia) he optado por sumar y asumir.
Sumo y asumo los años, y con ellos sumo y asumo fracasos, pero trato de eclipsarlos con algún que otro “éxito” que a fin de no crecerme trato de no creerme tanto, sumo y asumo también mentiras que con el paso del tiempo han dejado de dolerme. Y esto lo que más me preocupa quizás, porque con el paso del tiempo he perdido la capacidad de sorpresa, volviéndome una persona un poco más desconfiada aún. Desconfío ahora de la palabra gratis, de los mercados, y de algo que antes me imponía tanto como es La Bolsa, no me creo nada ya. El espíritu crítico se ha despertado en mí, como el niño que empieza a ver el mundo con otros ojos tras “descubrir” a los Reyes Magos o como el reo que ve la luz y afronta otra realidad con otra actitud.
El caso es que para no marear la perdiz mucho más, y a fin de que no pase el tiempo mucho más y se mezcle este pequeño “desahogo” con mi ya tradicional discurso de Navidad concluyo en que lo más importante que he aprendido es en dudar cuando alguien dice eso que hay una edad mejor que otra, ¿y por qué? .Pues simplemente porque la mejor edad es siempre la que uno tiene, edades pretéritas ya no volverán y futuras edades son una incertidumbre, y no hay mejor forma de llevar a cabo el “carpe-diem” que asumiendo esto, que para tragarse las palabras ya habrá tiempo cuando la memoria flaquee y las rodillas estén más cascadas. ¿Que los 90 años son la mejor edad? No te lo crees ni tú.
miércoles, 5 de octubre de 2011
Viajero tecnológico
No soy ni un amish ni un judío ortodoxo que no pueda usar aparatos eléctricos un sábado ni nada parecido, simplemente tal y como he declarado anteriormente en más de una ocasión soy un sentimental enamorado de las pequeñas cosas, de lo inesperado; y me ilusiono también ante sorpresas. Sorpresas que ya no se dan, sorpresas que han visto reducida su frecuencia por culpa de la tecnología, no hay más que ver que ya casi nadie toca en la puerta sin avisar, así una llamada previa o un mensaje son los nuevos timbres.
Tampoco se reciben cartas ya, y es el WhatsApp quien manda ahora, la letra de máquina de escribir es ahora algo más que retro y un sinfín de cosas más han sido remplazadas, pero voy a obviarlas para no ser tachado de demagogo.
Sin embargo quiero ir más allá, e imagino a Julietas y Romeos (o parejas análogas). Ella en su balcón y él cual trovador en la calle, tratando de robarle una sonrisa, un diálogo o una cita. Esta situación es ahora un anacronismo bastante improbable, sin embargo, quiero darle voz al personaje masculino e imaginar qué escribiría él si pudiera viajar en el tiempo y aterrizar en el día de hoy. Nace así esta pequeña y humilde nota:
Aún recuerdo aquellos días en los que la calle era mía y tuya y de todos, no como ahora que es solamente de los coches, mis paseos acababan bajo tu balcón; y allí, nervioso y dubitativo miraba hacia arriba para ver si estaba iluminada tu habitación. Con la luz de tu quinqué se iluminaba algo en mí, y si me encontraba con la oscuridad eran las dudas las que me asaltaban ¿Dónde estarás? ¿Qué estarás haciendo en este momento? ¿Andarás con otro?
Fuera como fuera, confuso y casi sin aire luego silbaba para que te asomaras, a veces lo hacía con el alma y otras veces silbaba con el puño, pues en él estaba mi corazón.
Los tiempos han cambiado, y ahora no te busco bajo tu balcón, de hecho lo único que sé sobre tu casa me lo ha dicho el street view del Google Maps, ahora trato de encontrarte en el hueco que te corresponde. Y sé que te preguntarás qué hueco es ese, y ese no es otro que entre mis dos amigos a los que no conoces pero te preceden y te siguen en el orden del chat, en ese hueco que ocupas cuando te conectas. Y debo decir que cuando estás ahí tu nombre me alumbra más que el quinqué de tu habitación, mientras tanto, el silbidito que te alertaba de mi presencia ha cambiado por el sonido de mis dedos con el teclado, sonido que camuflo mientras escucho en youtube la música que me sugiere una maquinita. Pobres grillos de tu calle que ya no son escuchados, pobre de la ropa de abrigo con la que paseaba que hoy se ha visto sustituida por el pijama y pobres borrachos de la taberna de tu calle que ahora no tienen con quien meterse…
NOTA: Lógicamente de momento no conozco viajeros en el tiempo que me faciliten estas notas ni nada parecido, así que no se vayan a creer que estoy loco ni nada de eso, tranquilidad que de momento sigo bien. Y puestos a aclarar, esta entrada no ha sido ni subvencionada por integrantes de la Cienciología ni por detractores del progreso y los avances tecnológicos.
viernes, 30 de septiembre de 2011
Indecisión
No soy médico ni nada parecido, así que no sé bien cómo se redacta un informe médico, aunque supongo que habrá que empezar hablando de los síntomas:
El caso es que si en un bar pido un Aquarius y me preguntan ¿naranja o limón? Acabo diciendo eso de “el que tú quieras”, por una parte es entendible esa respuesta, pero igual respuesta se ha llevado más de una vez mi peluquero. Por otra parte, jamás tuve un mejor amigo por no tener que mojarme, carezco también de color favorito, comida preferida o cualquiera de esas cosas, salvo número de la “suerte”, que fue él el que me eligió a mí.
Tampoco tengo libro favorito, ni actor, ni actriz… de hecho por no tener no tengo ni prototipo de mujer ideal, ni idea alguna de donde vivir dentro de unos años ¿Chalet? ¿Piso? ¿Ático? ¿Casa con jardín en medio de la nada? También he tenido que explicar en más de una ocasión que no soy ni del Barcelona ni del Real Madrid.
Y en lo que a mis finanzas respecta, todavía no sé cuánto tengo que ahorrar para comprarme mi primer coche, ¿Será un deportivo? ¿Un todoterreno quizás? ¿O un coche familiar? No lo sé.
Además no sé qué prefiero si los retos fáciles o los complicados, pero me consuela ver como hay mucha gente en mi misma situación, aunque por otra parte también pienso que hay gente que tiene como afición principal quejarse, bien sea por tener que afrontar una situación compleja o porque todo es demasiado fácil.
Otra situación tensa tiene lugar cuando quiero quedar con alguien, así surgen mil preguntas ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Qué hacemos? … En este caso, la mejor solución es optar por la improvisación como alternativa, aunque conociéndome a la más mínima acabo dejando el bastón de mando a la otra persona.
Este problema también tiene repercusiones en mi apariencia física, más allá de los “mañana empiezo en serio con el gimnasio” o los "¿me afeito?" , a veces quiero asumir mis entradas en la cabeza y raparme, y por el contrario, otras veces me gustaría dejarme el pelo largo.
Sin embargo, en los próximos dos meses creo que llegaré al cenit de mi problema, al tener que afrontar las segundas elecciones de este año. Volverán los mismos discursos, las mismas promesas, y yo, sin una ideología clara. No sé si sobreviviré o acabaré optando por fugarme a una cueva y acabar totalmente incomunicado.
Y ahora surge la pregunta, ¿A qué se debe esta entrada tan atípica? No lo sé, para variar, no pretendo ni dar pena ni me creo gracioso, simplemente creo es una forma más para justificar mi pereza a la hora de escribir, y es que tenía en mente escribir bastante este mes de septiembre, aprovechando todo mi tiempo libre pero mi indecisión no me ha dejado, hasta tal punto que ya no sé qué prefiero, si tener demasiado tiempo libre o andar siempre ocupado entre exámenes, trabajos, clases y demás menesteres.
Y sé que ahora debería terminar esta entrada diciendo algo asi como “no dejes que otros decidan por ti” pero es que todavía no me decido a ponerlo.
lunes, 22 de agosto de 2011
Que no caduquen...
Lo hemos asimilado con mucha resignación, sin quejarnos, todo tiene fecha de caducidad, todo se acaba, hasta el agua tiene fecha de caducidad, años y años en galerías y una vez embotellada no aguanta ni un lustro; la moda también caduca, lo que hoy es tendencia mañana será carne de trapo para limpiar cristales en el mejor de los casos. Lo mismo sucede con la música, quienes hoy gobiernan en las listas de los más vendidos (quien dice vendidos dice bailados, escuchados o descargados) dentro de una década quizás solamente sean pasto de nostálgicos. La tecnología tampoco se salva, quien realmente quiera estar a la última tendrá que vivir por y para ello, sacrificar sus vacaciones (además de sus ahorros) para ir a comprar porque en menos de un mes el “panorama tecnológico” habrá cambiado totalmente. Y no es ese el único problema porque un gran desembolso por un artilugio no asegura que vaya a ser eterno, se romperá, interesa que se rompa y por eso se romperá, dejará de funcionar y no quedará otra que resignarse.
Ahora bien, ¿cómo pueden caducar los sentimientos? ¿Estará esto relacionado con las estrategias mercantilistas de las que hablaba antes? No lo sé, quizás nos falte memoria y la amnesia haga que se difuminen sentimientos, el tiempo desgasta nuestra memoria, y esta a su vez desgasta a los sentimientos, quien hoy te quita el sueño quizás dentro de medio año sea una mera anécdota, el amigo al que hoy le cuentas todo puede convertirse en un desconocido más en unos años, las oportunidades y sueños que hoy tienes en muy poco tiempo pueden convertirse en cachito de olvido, cual juguetes en el trastero; una auténtica pena, lo que el día de ayer te ilusionaba hoy como mucho aspira a seguir manteniendo un hueco antes de ser desechado o en su defecto, corriendo mejor suerte, reciclado. La oportunidad perdida, junto con la flecha lanzada y la palabra pronunciada, como dice el proverbio chino, no vuelven jamás, y eso me aterra mucho.
Y es que temo que el ingenio tras haber sido despertado por las crisis se marche al volver los tiempos de bonanza, que sin duda volverán, el sentimiento de orgullo caducará y volveremos a caer en los mismos errores, nos acomodaremos, y quizás alguien vuelva a preguntarse eso de ¿por qué caducará todo? Contra el resto de caducidades por motivos biológicos o económicos podemos hacer más bien poco, pero contra la caducidad de los sentimientos hay más soluciones que escribir una simple entrada en un blog.