lunes, 26 de marzo de 2012

Aire en movimiento

Bob Dylan cantaba que la respuesta estaba en el viento, y a su vez, inconscientemente tal vez, a modo de complemento, un villancico canario nos decía eso de “vamos a escuchar al viento”. Estas dos afirmaciones en manos de un publicista de Apple o de un propio aficionado a la tecnología serían una poco original forma de vendernos el “iCloud”. Sin embargo yo miro al cielo y no encuentro respuestas.


A veces calima, rayos de sol, nubes, y algún que otro avión y cada vez menos cometas; de noche veo la luna, y no siempre. Y por si fuera poco, este año el cielo nos regala menos lluvia de lo normal. Y no, igual que no encuentro cigüeñas cargadas de niños, tampoco encuentro respuestas, sino todo lo contrario, preguntas y más preguntas, preguntas en el aire buscando respuesta y paradójicamente yo me vuelvo insolidario y pongo más preguntas en el aire. El cielo debe estar mucho más colapsado que un juzgado español con papeles por resolver.


El cielo es un gran banco de preguntas, tanto de preguntas comunes como cuestiones individuales. A él miramos para buscar respuestas y consuelo, buscamos que nos lleve a conocer mundo y queremos también encontrarnos de nuevo en él con quienes ya no están o simplemente creer que en él podremos hacer todo lo que no hagamos en la tierra. A nivel individual en él deben estar tanto todas aquellas preguntas que no respondí o aquellas que jamás me respondieron. Hubo preguntas que no respondí por miedo, otras porque no las oí y la mayoría de ellas porque no sabía la respuesta y ni siquiera el viento pudo ayudarme a resolverlas. No sé qué hicieron los demás con mis preguntas, o si a lo mejor (o a lo peor para ser más exactos) si muchas de las preguntas que me hice y jamás salieron de mí eran compartidas y en la cabeza de la otra persona rondaba una cuestión similar.


Fuera cual fuera el motivo ya no vale lamentarse ni crear una red para atrapar preguntas, cual cazamariposas, sería volver a caer en el mismo error que cometió don Quijote hace 407 años y querer competir contra esos gigantes que son los molinos de viento. Y es que con tanto molino jugando con el viento todas las preguntas deben estar desordenadas, rotas y mezcladas.


Y una vez escrito todo esto, tengo que lanzar otra pregunta más al aire ¿qué hacen con tanta preguntas aquellos que dicen que viven del aire?

miércoles, 29 de febrero de 2012

Reflexión rápida sobre una rana

Dicen que vivimos deprisa y no deja de ser algo paradójico si nos fijamos en cómo ha crecido la esperanza de vida, el índice de paro y la mecanización del trabajo por ejemplo. Vamos por la vida con prisas, ignorando semáforos para peatones, mirando al suelo por si acaso nos pisoteen o nos sorprenda algún excremento de perro, a veces miramos al frente con el fin de encontrarnos algún rostro conocido, o desconocido pero llamativo y otras veces vamos mirando escaparates, soñando con tener o no.

¿A qué viene todo esto? En una de las calles más transitadas de mi ciudad se esconde una rana de mampostería (no sé cuál es la definición verdadera de mampostería pero juraría que la rana es de este tipo). Adosada a una columna y a dos metros y medio (aproximadamente) del suelo. Casi nadie sabe de su existencia o de su explicación, y creo que no es más que una bella metáfora que nos recuerda lo sumidos que estamos en la rutina, y lo cómodos que somos con respecto a nuestra ciudad, la rana estará para siempre, y quizás por eso no vengamos a detenernos en los detalles hasta que la vejez llegue a nosotros y todo paso y paseo suene a despedida. Probablemente quien puso la rana ahí no lo hizo para que hoy yo escribiera, pero aún así le doy las gracias por ponerla, y demostrarnos que no todo está visto, y en cualquier esquina, si buscamos podremos ver algo nuevo y sorprendente.

lunes, 13 de febrero de 2012

Segunda reflexión

Vestía el chaleco de su ONG y se dedicaba a “reclutar” gente dispuesta a apoyar su causa. Paró a una señora y le preguntó si tenía un minuto, a lo que ella le respondió que no tenía tiempo. Lo realmente interesante de esta “historia” fue el comentario que vino a continuación: “El tiempo es efímero, señora”

Es real la escena que acabo de recrear, tanto como que cuando tuvo lugar, hace ya unos cuantos años, yo no sabía qué significaba efímero y deduje por el contexto, no sé si con acierto o no, que efímero era sinónimo de relativo.

El caso es que desde que era pequeño he sido consciente de lo moldeable que es el tiempo, y de cómo los días de piscina en verano se pasaban volando y los tediosos días de clase se hacían eternos, especialmente si se trataba de un lunes. Ahora mis percepciones han variado y en vez de comparar una hora de piscina con una hora de clase comparo un cuarto de hora de clases spinning con un cuarto de hora de un partido de fútbol, o cualquier otra estúpida comparación que se me pase por la cabeza.

Sinceramente ya he tenido suficiente tiempo para demostrarme a mí mismo que andaba equivocado cuando pensaba eso de “cuando uno se lo pasa bien el tiempo pasa más rápido” pero sorprendentemente mi supuesta madurez no me ha traído nuevos aprendizajes que remplacen al anterior y sigo fiel a mi teoría. Lo que sí he logrado es tratar de buscar una explicación a este suceso.

Por otra parte, dicen los expertos, y algún que otro grupo de investigadores de universidades remotas y no tan remotas que reír alarga la vida, ignoro si tiene algún fundamento científico o si se trata de placebo para que tratemos de reír el mayor número de veces posible. Pero por el bien de esta entrada debo pensar que tiene algún sentido.

Y es que a la conclusión que he llegado es que dentro o fuera de nosotros, no sé bien, existe una parte cuyo nombre, lugar y tamaño desconozco que se encarga de hacer que reine la justicia dentro de nosotros, y así cuando reímos estamos alargando nuestra vida para compensar el tiempo que hemos visto pasar rápido mientras nos lo estábamos pasando bien.

martes, 31 de enero de 2012

La primera de mis reflexiones

Casi sin buscarlo me he encontrado con varias reflexiones que compartiré a lo largo de los próximos días.

La primera de mis reflexiones como es costumbre no nace de una sola idea sino de varias ideas aparentemente independientes entre sí.

El caso es que el crucero Queen Mary II ha vuelto a la isla, aún recuerdo la primera vez que pasó por aquí, casi no se hablaba de otra cosa, raro era quien no se había enterado de la presencia de este “coloso de los mares”, jamás he visto la autopista como aquella vez. Pero la verdad es que merecía la pena darse un paseo para ver al “barquito” y de paso fotografiarse junto a él. Esta vez no ha habido fuegos de artificio a su salida ni nada parecido, lógico por el momento que atravesamos económicamente y más lógico todavía porque no era la primera vez que venía y estar celebrando su presencia cada vez resultaría un poco estúpido. Dicho esto, reconozco que esta vez no me ha impactado tanto. No creo que sea un problema derivado de mi cambio de altura, básicamente porque no creo que mi estatura haya variado mucho desde la vez anterior, antes era de tamaño reducido y ahora lo sigo siendo. Tampoco creo que se deba a un problema de perspectiva y que según desde el lugar donde uno lo haya visto la impresión sea mayor o menor.

A raíz de este “pequeño dilema” recuerdo una canción de Pedro Guerra que a su manera hablaba de algo así como una conspiración que hacía que las cosas menguaran, así que no es que nosotros crezcamos, simplemente es el mundo el que se hace más pequeño, a excepción del mar que por mucho tiempo que pase sigue siendo enorme a nuestros ojos.

Poesía aparte y arriesgándome a quedar muy repetitivo, mi teoría es que con el paso del tiempo, vamos perdiendo la capacidad para sorprendernos, de tal forma que todo nos parece tan normal que ni nos da por plantearnos el porqué de las cosas y las aceptamos sin más, y si alguien cree que exagero debería hacer el ejercicio de tratar de llevar la vista atrás un par de semanas y fijarse en las caras de sorpresa de los niños.

Así que con la próxima reflexión haré todo lo posible para dejarles sorprendidos.

sábado, 31 de diciembre de 2011

2011 ya es (casi) historia

Agoniza este 2011, año que me he permitido bautizar como el año del cambio. Probablemente, todos los años a estas alturas, creyéndome original el título honorífico de “año del cambio” pasará por mi cabeza, negar los cambios es pecar de iluso, pero más de iluso todavía es creer que todos los años el nivel de cambios es el mismo. Pasan ahora por mi cabeza muchas personas, y todas ellas, quien más o quien menos han sufrido cambios, respeto su intimidad, y por ello no voy a publicar ningún dato, me conformo con que cuando alguien lea esto se diga para sí mismo eso de “pues es verdad”.

Hemos tenido que votar en dos ocasiones, quizás con menos ilusión que otras veces, sin ganas, sin esperanzas y sin la fe de que introduciendo un papel en una urna todo iría a mejor. Y si los medios han recurrido al tópico de “fiesta de la democracia” para estos días debo decir que ha sido como ir a una fiesta sin tener ganas, solamente para saludar, buscando la mínima excusa para volver a casa. No voy a entrar a valorar qué parte de culpa tiene el movimiento del 15-M de esta desilusión, o si tan siquiera tiene algo de culpa. Y es que este año que termina ha sido el de levantarse e imaginar otro mundo posible, las formas habrá quien las discuta, pero el hecho de que todavía haya gente con la capacidad de imaginar es de celebrar.

Detrás de este movimiento se esconde también la onda expansiva del “boom” de las redes sociales, redes que ya no solo utilizamos los ciudadanos de a pie carentes de poderes, sino también los periodistas y redactores de los medios de comunicación, que invadidos quizás por la pereza, han encontrado una forma más rápida para buscar noticias. De hecho, ya no sé cómo era un telediario sin noticas procedentes de Twitter o Facebook.

Noticias más dramáticas, más importantes, y más olvidadas todavía han ocurrido este año, Egipto y sus revueltas, terremotos en Japón y Lorca, crisis nucleares en Fukushima… Partidos de fútbol benéficos, conciertos y demás formas de recaudar aparecieron, pero, ¿y luego? Supongo que será ley de vida, al igual que pasa cuando muere alguien, durante días se ensalza su vida y obra y luego caen al olvido, Amy Winehouse, Steve Jobs o Severiano Ballesteros son claro ejemplo de ello. Por el contrario, tenemos a Bin Laden o Gadafi de quienes no he oído tantos piropos.

A caballo entre el balance personal y el genérico me veo obligado a hacer una reseña a la isla de El Hierro, casualmente este año ha sido el único de mi vida en el que no he estado un par de días por allí, y sin embargo ha sido el año que más veces ha sido nombrado en medios de comunicación nacionales. Por consiguiente, ha sido el año que más mentiras he escuchado sobre la isla, y una vez el daño ha sido hecho, nadie ha pedido perdón, nadie se acuerda, y quien tanto dramatismo puso ni se ha parado a pensar en el ridículo que ha hecho.

Dicho esto, del 2011 me llevo una licenciatura, una vuelta a casa, haber conocido gente curiosa, y sobre todo muchos aprendizajes que todavía tengo que asimilar, y espero no olvidar con facilidad. Es este un resumen demasiado escueto, y hay dos motivos para ello, el primero es que lo de poner las cosas en orden y ver en qué dirección quiero avanzar lo he dejado para 2012 y el segundo motivo es que con el paso del tiempo los años se me hacen más fugaces y me cuesta más recordar acontecimientos importantes.

Y es que al final, todo es efímero, al igual que la señal de 110 que tan poco duró, un fuerte abrazo a todos, y mis mejores deseos para cada uno de los 366 días que están por venir.

martes, 20 de diciembre de 2011

Libros sin terminar

No suelo escribir sobre noticias de actualidad, salvo para recordar fechas señaladas, no me manifesté sobre el 15-M, las elecciones del 20 de noviembre, la muerte de Amy, la crisis sísmica en El Hierro, la captura de Bin Laden o todos los acontecimientos que han sucedido desde que comencé mi etapa bloguera. Esto no quiere decir que no tenga opinión al respecto, en algunos casos me mojo más que en otros, pero suelo tener opinión. La verdadera razón de que no escriba sobre las noticias que llenan las portadas es que veo esto de escribir como algo anacrónico, algo que pueda ser leído dentro de unos años y no requiera el uso de Wikipedia para entender qué había pasado para que yo escribiera ciertas cosas.

Sin embargo, en esta ocasión creo que voy a hacer una pequeña excepción, he visto que Miguel Gila, a raíz de un nuevo anuncio de una compañía de embutidos ha vuelto a ser noticia, me alegra realmente que un personaje así no caiga en el olvido, sin embargo me hace gracia la facilidad que tiene mucha gente para subirse al carro y declararse fan número 1 del difunto humorista sin apenas conocer nada de su vida y obra. Como si tuviera que demostrarme a mí mismo que en esta ocasión no formo parte del grupo de los oportunistas, me ha dado automáticamente por buscar entre mis libros alguno de Gila. He encontrado dos, no recuerdo si tengo alguno más por ahí, pero lo más curioso de todo es que en ambos casos había un marcador casi al final.

Esto es muy habitual de mí, creo que de toda mi “colección” de libros, menos del 10% no se encuentra en esta situación, el resto esconde un marcador (u otras cosas que cumplan su función, como pegatinas, folletos, tarjetas de embarque, entradas de conciertos…) entre sus páginas por diversos motivos, el libro no terminaba de llegarme, simple despiste o como pasaba con los libros de Gila, como forma de evitar el final.

Me cuesta mucho admitir que un libro se termina (los libros de clase van en otro apartado), y como si no estuviera preparado para ello, reservo las páginas que me quedan por leer para otro momento, como si la dosis de lectura fuera más necesaria en momentos de bajón. No es tan raro, también lo hace el aventurero en medio del desierto que reserva un poco de agua en su cantimplora para momentos realmente necesarios salvo a tener sed.

Sin embargo, dudo de la eficacia de esta técnica, básicamente porque cuando vuelvo a toparme con estos libros ya he olvidado de qué va el libro, y no recuerdo nada de las páginas anteriores, así que me veo obligado a empezar de cero, cayendo así en un bucle casi infinito.


A lo que iba, tras toparme con un marcador que separaba al último capítulo con el resto de páginas he ojeado y hojeado el libro, creyendo que me iba a acordar de algo, y he acabado empezando por el inicio. La primera historia de Miguel hablaba de un hombre al que su pereza le hacía perderse todas las cosas que quería, así por ejemplo, por no vestirse, bajar a la calle e ir hasta un bar dejaba de reunirse con sus amigos entre otras rarezas.

Casualmente, llevo un par de días de descanso en los que pese a tener ganas de hacer muchas cosas acabo siendo derrotado por la pereza, y optando por acumular horas de sillón ¿casualidad que este libro haya llegado a mí y haya hecho que al menos me ponga a actualizar el blog? Cada vez creo menos en las casualidades.

martes, 8 de noviembre de 2011

Los regalos del otoño

Se ha resistido, nos hizo creer que era eterno, y que estaría para siempre, pero se nos va, poco a poco se difumina el verano rumbo al invierno haciendo escala en el otoño, estación olvidada pero que siempre nos trae a modo de “tráiler” un pequeño adelanto del invierno. Dentro de los múltiples regalos que nos trae el otoño llaman mi atención tres.

Con el otoño llega la lluvia, y con la lluvia la magia, esa magia de ver cómo cambia el ritmo de las cosas, los coches, acostumbrados a ir rápido se ralentizan y dan paso a los atascos, mientras, las calles se aceleran en busca de un soportal donde resguardarse de la lluvia o el camino más corto de vuelta a casa. En otras ocasiones la lluvia sirve para que la gente se crezca. Me explico, lejos de hacer que encojamos, la lluvia hace que el novio que espera a su pareja, paraguas en mano, y la otra mano en un bolsillo, con ese gesto tan de esperar, sea recibido como un héroe a la hora del encuentro, recibimiento que valdrá una sonrisa y acabará con un paseo bajo el paraguas. También la lluvia hará que los campos se vuelvan verdes, y traerá inspiración a poetas y artistas, pero todo esto, mejor que lo digan ellos y no yo.

No solamente sufrirán cambios las calles, los armarios se verán alterados llegarán a él el negro y el gris como color predominante, y se esconderán los colores chillones, las botas harán acto de aparición y se erigirá un ídolo cada vez que alguien vista bermudas y camiseta de manga corta. Yo por mi parte, mantendré la ilusión despierta, puesto que todas las chicas visten igual, me parecerá ver en cada esquina a mi amor platónico, después vendrá la desilusión pero habrá valido la pena y esconderé la vergüenza entre bufandas.

Por su parte, la decoración navideña se adueña de los escaparates y estanterías de comercios, dando el color que a las calles les falta con tanta ropa oscura, el rojo de Papá Noel una vez más llamará la atención de los transeúntes, aunque por dentro, muchos se mantendrán fieles a los Reyes Magos, pero como eso queda lejos, en otoño no surgen esas dudas. Hasta el 7 de enero y desde hoy persistirán arbolitos y figuritas, y una vez pasadas las fechas, el comerciante se verá con stocks inútiles, igual que pasa tras Halloween o Carnavales. Pero como ya dije antes, todavía no es momento de preocuparse, más que nada porque el otoño es una estación de transición, aunque no es menos cierto que toda estación es de transición, toda estación terminará y dará paso a otra pero tarde o temprano volverá.

Y mientras otoño me trae estos tres regalos yo probablemente seguiré expectante viendo la metamorfosis otoñal con mi eterno dilema que me lleva a desear que pase el tiempo para algunas cosas y que se estanque para otras cosas, mientras cuento los días para los exámenes y no me salen las cuentas.