miércoles, 31 de julio de 2019

Los veranos han cambiado

No sé cómo lo hago, pero cada vez pasan más rápido los veranos. Y escribo esto con nostalgia, más allá de esas noches de Grand Prix recién duchado, con arena en la ducha y agua en los oídos. Con asombro al verme reflejado en el espejo del baño con un moreno intenso. 

Mis veranos ya no saben a botellón en la calle ni a libros llenos de crema solar, a bañadores enjuagados o a nevera con refrescos.

Y sí, en algún momento escribí a los amores de verano, reconociendo que pese a ser amores de usar y tirar, eran amores al fin y al cabo. Y no, nunca tuve un amor de verano, mi forma de ser no me dejaría amar con otra fecha de caducidad que no sea la muerte. Aunque cada la eternidad me parezca más improbable.

La época estival no es más que una excusa para alargar los días y para proponer arreglar el mundo desde una terraza. El mundo no tiene arreglo, pero es momento de soñar que sí se puede.

El verano es época para olvidar, y no hablo solo del frío o el reloj en la guantera del coche. Es momento de desconectar, de no recordar ni cómo se coge un lápiz o de no saber ni qué día es.

Y así estoy yo, no por desconectar, sino por no saber qué día es y por estar una vez más buscando excusa por abandonar este blog. 

Te deseo que vivas tu verano a tu manera, con nostalgia o sin ella.

domingo, 30 de junio de 2019

Hace mucho mucho mucho

Viajo en Metro y oigo que un niño, de no más de 3 años le recuerda a su madre una historia de "hace mucho mucho mucho", y matiza que era de cuando él era pequeño, como si ahora estuviera preparado para sobrevivir en este mundo de gigantes. Vale, quizás lo esté.

No puedo evitar sonreír para mis adentros y pensar que su "hace mucho mucho mucho" seguro fue mi ayer.

Y me pongo a pensar, algo raro en mí, y me parece curioso que cuanta más edad tienes más cercano te parece todo y cuando más joven eres más lejano queda todo.

Siempre recuerdo como cuando yo tenía 15 años alguien me dijo eso de "si yo tuviera tu edad con lo que ahora sé,..." y para mis adentros pensé que era imposible que hubiera algo que yo no supiera. Y mírame ahora, casi duplicando edad, toda la vida estudiando y ahora sí que reconozco que nada sé. Sí, Descartes estaría orgulloso de mí.

El caso es que llego a mi parada y decido que quiero seguir viviendo. Pensar no debe ser tan bueno.

lunes, 27 de mayo de 2019

Lugares olvidados

Me preguntan por mi blog y respondo que lo tengo descuidado, tanto que le han salido telarañas, a la vez que me reconozco a mí mismo que hay cierta belleza en los lugares abandonados, o al menos en los poco transitados.

Hay telarañas, pero no se ven arañas cerca. ¡Qué más quisiera yo que hubiera vida en él! Porque el único resto de vida que hay son unas huellas de zapato del 41 y la marca de algo que parece un tacón. He sido afortunado y he mantenido alejadas a ratas y cucarachas, o al menos no hay heces de roedores ni negros cadáveres a la vista.

Hay polvo, mucho polvo, demasiado polvo, escondido y sin esconder. Tanto que da para escribir palabras, frases, tu nombre o según tu nivel de madurez alguna figura fálica.

Todavía llega la luz, lo hace colándose, pero llega. Y está bien que así sea, porque no hay sombra sin luz, y a veces parece que lo que no se ve, no es. Y de momento, este blog sigue siendo. Tampoco hay ruido, ni eco, aunque con suerte, los días de tiempo sur se oye al viento soplar. 

Junto a aquello que compré con intención de no usar nunca,hay ropa en cajas, alguna desnudez fortuita y miedos caricaturizados. Mas la ropa ya no me vale, no solo por cambio de tallaje, sino porque quizás ya no sea el que antaño fui. Quizás te valga como disfraz o como trapo y ese no sea su lugar. Porque también hay disfraces, esperando su momento, igual que una sombrilla de playa que respira aliviada porque pasó ya el invierno.

Con suerte, alguna etiqueta ayudará a encontrar eso que buscas, pero aun así, reina el desorden. Y gracias a eso, todavía quedan restos de eso que en su momento fue importante y ahora no es nada, restos que luchan por no ser vistos la próxima vez que toque hacer limpia como muestra de que definitivamente, no todo es para siempre.

Una bicicleta con las ruedas en el suelo, secretos y algo que no debiera estar, pero está, completan este paisaje.Hay cuadros sin firmar y palabras escritas que ya no volverán a ser leídas, condenadas al olvido hasta que como en Jumanji, la curiosidad de la adolescencia eviten su fin.

Hay recuerdos como razón de ser, y ahora estás tú. Perdona el desorden, pero tienes permiso para rebuscar.

sábado, 20 de abril de 2019

Otro 20 de abril...

No sé si fue el poeta, el cantante o el filósofo el que dijo que somos los libros leídos, los discos escuchados y los vinos bebidos (y si no lo dijo nadie, lo digo yo). Somos también el tiempo que compartimos con los demás. así que nos guste o no, todavía guardo un poco de ti en mí, y tú llevas contigo parte de mí.

Y no, no es necesario que intentes devolver lo que ahora es tuyo ni reclamar de vuelta lo que un día me diste. Sí podría contarte todo lo que tu pedacito y yo hemos vivido, de cómo gente me recordó a ti, de aquella gente buena que se cruzó en mi camino y dejó su pedazo en mí, y de aquellos no tan buenos que también dejaron su huella.

Tú cogiste tu camino, o yo el mío, pero que sepas que fue un placer compartir recorrido contigo. Y de veras te agradezco el ser tan diferente a mí, el tiempo me ha demostrado que la gente que te enriquece no es precisamente la que piensa igual que uno.

Creo que por encima de todo lo que mencioné al principio, somos todo aquello que soñamos. Y te doy las gracias, por aquellos planes que soñamos y nunca cumplimos, todavía queda el anhelo de poder cumplirlos, aunque el tiempo cada vez pase más rápido.

Y solo por eso, termino aquí mi cada vez menos extensa carta del 20 de abril.

¡Sigue paseando mi trocito que yo seguiré haciendo lo propio con el tuyo!





domingo, 31 de marzo de 2019

Lo estás haciendo bien

Bien, pero bien de adverbio.

Porque este es un texto para recordarte una sola cosa  que no quieren que sepas: “lo estás haciendo bien”.

No te voy a pedir que te lo repitas, ya lo hago yo por ti.

Porque sí, sabes bien que la perfección no existe y pese a ello te empeñas en encontrarla. No seas cruel con tu persona, porque lo estás haciendo bien.

Dicen y dicen, y vuelven a decir que intentes de otra forma lo que ya funciona. No hace falta alejarse de esa gente, simplemente no les hagas caso, porque lo estás haciendo bien.

Que nos han soltado en un mundo cada vez más loco sin manual de instrucciones no es nuevo. Y tú, has escrito el tuyo. Y eso está bien.

Puedes tener los ojos más bonitos jamás vistos, pero si eres incapaz de ver lo bien que lo estás haciendo, ya no serán útiles.



Lo estás haciendo bien, y ¿sabes qué? Mañana lo harás mejor.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Cuento de febrero

Ahora, que la Navidad queda lejana, que los niños ya no son protagonistas y las bufandas yacen en los armarios. Ahora que en las calles faltan luces y no hay tanta prisa por reunirnos y vernos. En definitiva, ahora que hemos dejado de creer en la magia traigo un pequeño cuento. Un cuento tan fantástico como real. Un cuento tan mío como tuyo.

El caso es que todos los días al salir de casa, sigilosos, me seguían. En el mejor de los casos, viajaban en mis bolsillos, oprimidos entre la cartera y las llaves. En otras ocasiones, se colaban entre los calcetines y hacían que los pies me pesaran más, o en mi abdomen, agarrados cual murciélagos de mi camisa y provocando un evidente cosquilleo que alguna vez confundí con mariposas. Pero sin lugar a dudas,  peor era cuando se subían a mi espalda y casi me impedían caminar recto.

Eran tantos, que alguna vez ocuparon todos los recovecos de mi cuerpo y era casi imposible salir a la calle.

Hasta que un día, con alevosía y mucho sigilo salí por la puerta sin ellos. Y no me fue nada mal. Por supuesto, al volver a casa me estaban esperando, con mirada triste y cara de no haber roto un plato.

Al día siguiente, volví a repetir estrategia, pero se habían organizado haciendo guardia para que no saliera de casa sin ellos. Así que no me quedó otra que sacudirme al salir. No fue fácil, pero lo conseguí. Más difícil fue descubrir al llegar a casa todos los destrozos que habían hecho durante mi ausencia.

Así pasaron los días, algunos más tranquilos que otros, hasta que un sábado por la noche, al abrir la puerta, descubrí que se habían ido. Se habían aburrido, y sin avisar, me habían abandonado.

Y debo decir que no los eché de menos. Sí descubrí tiempo después lo inteligente que eran cuando un día descubrí bajo mi cama, entre polvo y restos de galletas las alas que había dado por rotas. No me las habían roto, simplemente me las habían escondido.

jueves, 31 de enero de 2019

Romper

Hace unas semanas, me contaban que en la cultura japonesa la palabra “romper” tiene muchas connotaciones negativas, y que por ello, los nipones suelen preferir el uso de la palabra “abrir”.

Sinceramente, no he hecho el más mínimo esfuerzo por confirmar que eso sea cierto, en parte por pereza y también por miedo a que no fuera cierto y me quedara sin reflexión. No olvidemos eso de “no dejes que la verdad te estropee un buen titular”. 

Desde que oí la reflexión, supe que ahí había una entrada en potencia en este cada vez más abandonado blog. No supe ni cómo, ni cuándo, pero no podía (ni puedo) guardarme para mí solo tal reflexión.

De esta forma, los habitantes del país del sol naciente, me han hecho pensar que ciertamente es lo mismo romper prejuicios que abrir la mente, abrir la boca casi siempre es romper con el silencio y romper muros es abrirse a la libertad.

Porque sí, como casi todo en la vida, muchas cosas dependen del prisma con el que miremos, o de los matices con que nos lo cuentan. Así hay quien sufre con una ruptura amorosa, y quién ve una apertura al mundo, cuando el amor termina.

Pero ahí no terminó mi reflexión, porque seguí dándole vueltas al asunto (algo no tan rato en mí) y me puse a pensar si por consiguiente, cerrar se puede cambiar por arreglar. Y sí, a veces hay que cerrar la puerta, para que todo se arregle, cerrar la boca para que vuelva el silencio. Tal es la historia, que encerramos en cárceles a quien se ha portado mal, para que se recomponga, o él o la sociedad (y no siempre funciona).

Todo esto me recuerda a un simulacro de maestro que tuve que de vez en cuando me recordaba que todo "pero" se puede cambiar por un "y". 

Jamás le hice caso, así que con permiso de los japoneses, es muy probable que siga usando el verbo romper. Siempre me gustó romper con todo.