miércoles, 30 de septiembre de 2020

Oxímoron

 La historia que hoy escribo es tan real que nunca sucedió. Tan breve que haría falta dos eternidades para contarla. Tan irrelevante en mi vida, que desde que sucedió, no he vuelto a ser el mismo. Esta historia es tan íntima que hoy te la cuento.

Nos conocimos una soleada y luminosa noche, yo andaba borracho sin haber bebido, algo que al día siguiente se traduciría en una de las mejores resacas que recuerdo. Su cuerpo yacía de pie en medio de aquel cielo infernal cuando clavó el mirar con acento de sus ojos verde arena en mí.

Reía triste, hasta que con una caricia sin manos me llamó para susurrarme a gritos el motivo de su alegre pena. Y a pesar de mi prisa calmada, decidí detenerme a escuchar su historia, parpadeando sin pestañear al enterarme que su gran drama era por haber descubierto que su vida estaba llena de oxímoron.

Pese a mi inexistente asombro, decidió salir de la cárcel de su libertad y desde su dicharachera timidez contarme cuántas veces había hecho el amor sin amor, los abrazos dados sin brazos o lo adictivo que le resultaba enamorarse del desamor. No dejó de nombrar las veces que había maltratado a quien le cuidaba y cómo quiso a quien no hizo por ofrecerle cuidados. Por resumir, me habló de amores que duelen y de cómo hay gente con miedo que no sabe huir del peligro.

Pese a mi esperada sorpresa, su cuerda locura hizo que siguiera contándome historias que yo jamás antes había imaginado en mi experimentada juventud. Mi cansancio despierto durmió cuando me ofreció brindar con un licor sin alcohol, algo que agradecí desagradecidamente porque tenía sed de sequía. Olvidé que a veces lo gratis tiene un alto precio.

Oí cómo el ruido de su silencio me dirigía piropos ofensivos mezclados con algún insulto alentador, pero impulsivamente decidí no responder a su inteligente tontería para no alterar la blanca oscuridad de su alma. Olvidé eso de que la mejor defensa es un buen ataque.

Cansado de la fiesta de la tristeza en la que me había visto envuelto, le ofrecí mi número para que me llamara cuando tuviera un mal buen día, con la certeza dudosa de que jamás llamaría, y me fui a disfrutar de mi multitudinaria soledad, dejando atrás su vestida desnudez. 

Mientras marchaba, la injusta venganza se tornó realidad y vi cómo lloró por amor. Nunca antes, un oxímoron tuvo tan poca belleza.





lunes, 31 de agosto de 2020

¿Otro verano?

 Sí, sé que últimamente solo me paso por aquí a lamentarme de los meses que se van. Y aunque técnicamente todavía quedan poco menos de 3 semanas de verano, los medios empiezan a decirnos que la etapa estival ha terminado.

Recuerdo haber escrito (y si no, haber pensado en hacer) sobre Amaral y su "no quedan días de verano", de los amores de verano y de la estación en sí misma. Pensé que ya lo había dicho sobre esta época en la que los calcetines se acortan y los días se alargan, pero no.

Porque comenzamos a despedirnos del verano antes de tiempo, porque en parte sabemos que este no ha sido otro verano más: ni ha habido verbenas, ni atascos ni colas en los puestos de helados. ¿Cuántos amores de verano habrán dejado de surgir? ¿Cuántas pandillas de verano se habrán quedado sin aforo para llegar a pandillas? ¿Cuántos porteros automáticos habrán dejado de sonar en búsqueda de compañía para jugar en las plazas?

Cierto es que para mí el verano dejó de ser verano cuando se dejó de emitir el Grand Prix o cuando las vacaciones dejaron de ser de 3 meses o cuando los telediarios dejaron de hablar de perros abandonados para hablar de incendios, cuando dejó de preocuparnos no tener canción del verano.

Volverán los zapatos abiertos a los armarios, perderemos color en nuestras pieles y nos llevaremos las manos a la cabeza al ver grúas poniendo luces de Navidad (¿habrán este año?). Mientras, algún gracioso, intento de escritor de blog venido a menos, dirá eso de que el verano es una actitud.

Lo que sí tengo claro es que la vida nos debe un verano.

viernes, 31 de julio de 2020

Razón

Hay muchas cosas que queremos tener y no sirven de nada. Los fabricantes de productos de teletienda lo saben, y nos tupen a extraños y poco elaborados anuncios (vale, quizás ya no tanto como antes, pero hay que saber buscarlos).

Ahora podría ser falso y decir que el dinero no sirve de nada, y que lo seguimos queriendo. Pero no, de momento el dinero sigue siendo útil, quizás no tanto como algunos imaginan pero lo es. Tal es así que entregamos lo único que tenemos, a cambio de un salario.

Pero hoy no voy por ahí. Tampoco mencionaré todos esos recuerdos que vamos acumulando a lo largo de la vida y apenas tienen valor. Mencionarlo sería como dispararme a mí mismo y despertar la furia de la propia Marie Kondo.

Es la razón eso que nos nubla, esa medalla de consolación inútil o el absurdo motivo para muchas peleas que no llevan a ninguna parte. 

De hecho, cuando pienso en este tema, me imagino al ahora criticado Cristóbal Colón llegando a las Indias, sonriendo por tener la razón, soñando con volver a Castilla a contar que había acertado, y que La Tierra era redonda. Luego, después de ese momento quizás se dedicó a hacer otras gestiones con los indígenas, pero de eso no me hablaron mucho en la escuela. Cristóbal tenía la razón, aunque en el fondo no fuera así.

Podría seguir con absurdas imaginaciones, con ejemplos poco elaborados o con la clásica referencia a la RAE que suele acompañar a mis entradas. Pero no. 

Con el panorama político actual, con la polarización de ideas, con todo esto de las Redes Sociales, hay un fenómeno que no puedo pasar por alto, el de quienes bloquean a quienes no piensan igual, a quienes pasan la persiana sobre otras ideas, porque al fin y al cabo, ya sabemos que ojos que no ven, corazón que no siente. ¿En serio querer tener la razón vale más que escuchar otros puntos de vista?

Dicho esto, vuelvo a una reflexión espontánea que solté hace no más de año y medio: no quiero rodearme siempre de gente que piense como yo, me enriquece la gente diferente. No hay más. 

Tengo razón, ¿verdad?.

martes, 30 de junio de 2020

Palabras que dejé de usar

Hay rutinas, buenas o malas, que sin darnos cuenta dejamos de hacer. Muchas veces no le damos importancia a la última vez que las llevamos a cabo, porque ni tan siquiera sabemos que no habrá una próxima vez en un horizonte temporal cercano.

Rara vez hay un motivo aparente, simplemente sucede, como con ese amigo al que dejaste de ver y llamar, sin que nada pasara. Nada salvo el tiempo.

Lo mismo pasa con algunas palabras, las dejamos de usar, aunque esta vez con motivos. Que 'perdón' o 'gracias' son cada vez menos usadas y más necesarias no es nada nuevo, pero no escribiré hoy sobre ello. Voy más allá, más atrás en el tiempo.

El caso es que ha vuelto a mi cabeza la palabra "arrullar", y me atrevería a decir que llevaba décadas sin tener conciencia de ella. Ya fuera por haber crecido o por la estúpida manía de eliminar columpios de los parques. Tal es mi obsesión, que pese a mi edad, que cada vez que veo un columpio, intento jugar un poco, y comprobar aliviado que todavía sueño con poder dar la vuelta al columpio, o tocar las nubes con la punta del pie.

'Arrúllame' era la palabra mágica cuando las piernas no llegaban al suelo para poder dar un impulso, una forma implícita de pactar un empujón a cambio de darlo después. Es tan mágico el verbo 'arrullar', que veo que para la RAE, ninguna de las acepciones es la que yo he usado.

Creo que pocas palabras son capaces de evocarme tan buenos recuerdos como esta.

¿Nos arrullamos? 

sábado, 30 de mayo de 2020

Fronteras

No llegaba a la década de edad, cuando Benito Cabrera compuso “Soy de aquí”. Me atrevería a decir que no solo no hay canario que no la haya escuchado sino que es imposible no emocionarse al oírla. Mismo sentimiento puede generar el Pasodoble Islas Canarias, que según tengo entendido, fue compuesto por un valenciano sin pisar las islas. En este particular podium tampoco puedo olvidar “Nube de Hielo”, también de Benito Cabrera, con la peculiaridad de poder emocionar sin tener letra en su canción.

Pero volvamos al principio. Cuando comencé a escuchar “Soy de Aquí”, creo que no entendí bien eso de “con el mundo por frontera, ser canario es mi razón”. Porque en la infancia, en circunstancias como las nuestras, no solemos entender de fronteras. Para mí, la palabra frontera por aquel entonces o era el nombre del municipio en que veraneaba o en su defecto un modelo de Opel.

Pero las fronteras existen, a veces como fruto de guerras o como reparto entre mandamases con copa de alcohol y puro. En el caso de Canarias, las fronteras vienen dadas, puesto que las diseña el mar.

Es muy probable que no logremos encontrar una definición clara de qué es ser canario, pero sí tengo claro que con el paso de los tiempos ha ido ganando peso eso de tener el mundo por frontera. Son tantos los amigos que han abandonado la tierra en algún momento que quizás superen a los que no lo han hecho, y ese rasgo no deja de acompañarnos, porque al fin y al cabo, las islas son ese lugar al que siempre puedes volver, al que el anhelo siempre te querrá llevar. Sí, eso tiene un nombre, hogar.

Así que si por un casual hoy me lee algún canario alejado de esta tierra, que sepa que en cada palabra de esta entrada le va un especial abrazo. Sigue teniendo el mundo por frontera.

Feliz Día de Canarias, hoy, y siempre.

lunes, 20 de abril de 2020

20 de abril de 2020

20 de abril de 2020

¿Cómo estás? 

No, no es un “¿qué tal?” de ascensor, de esos retóricos, que se hacen por cumplir y que en el 90% de los casos no hallan respuesta. Es un “¿cómo estás?” en toda regla, de esos que te cogen descolocado y te invitan a pensar la respuesta para luego desnudarte.

A estas alturas, no debe sorprenderte mucho que te escriba, llevo ya varios años haciéndolo en días como hoy, vale que quizás has cambiado de nombre, de sexo o de edad, pero mi intención sigue siendo la misma. De hecho, sigo sin saber por qué espero un año para esto.

No obstante, esta vez es diferente, no es solo que me haya entrado la melancolía y te haya tenido que hablar, es que mire donde miren me hablan de “distanciamiento social” y pienso si no estábamos lo suficientemente distanciados ya, acumulando promesas de cafés, cervezas, vinos, copas, paseos, conversaciones, viajes, abrazos, consejos, ... sí, la vida en sí misma ya estaba pendiente antes.

No voy a preguntarte si recuerdas grandes momentos, sino si ya olvidaste los más cotidianos: las esperas bajo mi portal, o mis dedos activando el timbre de tu casa, la fortuna de los pasos dados juntos, fueran los que fueran. Ya sabes que aunque tendamos a olvidarlo, lo bueno no está en lo extraordinario, sino en ser feliz con la rutina construida.

Algunos de los de antes ya no están, y otros hemos cambiado y aunque siga sin quererme lo que debiera cada vez le tengo más aprecio a la vida, y eso compensa. Al fin y al cabo, sigue vigente eso de que es mejor calidad que cantidad, y antes que quererse mucho, hay que quererse bien.

Admito que eché en falta tu aliento en los momentos de desánimo, tu hombro en las derrotas y tu copa en los brindis. Y aunque viva en mí la certeza de que estás bien, me apena pensar que no has acudido a mí en los momentos malos, el pacto que sellamos sigue vigente y puedes seguir contando conmigo.

Por mi parte, tengo descubrimientos que compartir contigo, como que se puede llorar con un te quiero o que te vi mientras sonaba nuestra canción. 

Bueno, ya me voy despidiendo, espero que en estas fechas tan propicias a ordenar armarios, mis palabras hayan desordenado un poco tu conciencia. Espero esto sea un hasta pronto, aunque como ya te conté, temo que no haya carnaval donde te vuelva a ver. 

Aunque sé que no me contestarás, porque te conozco y no cedes tan fácilmente, sigo deseando que te hayas sentido aludido y me busques. ¿Por qué nunca me llamas? ¿por qué no te llamo nunca? ¿acaso no hemos descubierto ya que empatía debería ganar siempre a ego?.

Sigue con tus sueños, el mío ya lo sabes...


miércoles, 25 de marzo de 2020

Los malos

A estas alturas no debería avergonzarme el reconocer ser espectador de "La Ruleta de la Suerte" (o La Ruleta de la Fortuna para los más nostálgicos).  Pero tranquilidad, porque no voy a ponerme ahora a vender las bondades del programa ni nada por el estilo.

El hecho es que hace dos días me encontré, al igual que todos los espectadores, con el siguiente panel:




Y para variar, comencé a darle más vueltas si cabe a mi cabeza. No sabría decir si me removió más pensar que en la historia de alguien soy yo el malo, o tratar de adivinar sobre los malos de mi historia.

Quizás no sea momento de contar mi todavía inacabada historia, pero me cuesta identificar malos o malas. Y si los hay, no deben tener forma humana. Lógicamente, he coincidido con gente de todo tipo a lo largo de mi vida, todos con sus aciertos y errores, pero de ahí a dotarles de la vitola de "malos", hay un mundo. De algunos me alejé, de otros me alejaron, y de otros lucho por escapar, aunque una parte de mí no quiera. Pero no tuvieron nunca el papel de malos, y eso no es bueno del todo.

Malos fueron otros, los de siempre, a quienes culpamos los que todavía anhelamos triunfos, los que no hemos dicho la última palabra, los que pensamos que hemos hecho méritos para haber alcanzado algún logro más: mala pudo haber sido la suerte, las circunstancias o simplemente el momento, si es que hay diferencia entre los tres conceptos. Creo que no siempre le damos al azar el papel que merece.

A veces soy escéptico sobre el destino y otras veces sobre las casualidades, y en cualquier caso, viajo siempre con una frase de Ismael Serrano en la cabeza "la excusa más cobarde es el culpar al destino". 

De la misma forma, hay gente que ha tenido el valor de reconocer su decepción conmigo, de entregarme reproches que intenté tomar como regalos, pero aun así, no creo formar parte del quinteto titular de sus malos. Hay gente con la que no estuve a la altura, quienes pagaron una cuenta que no les correspondía o quienes aparecieron en el momento más inapropiado. En cualquier caso, entre ser el malo en la historia de alguien, o simplemente no aparecer, no sabría qué escoger.

Dudo también que haya gente mala como tal, sino gente que dosifica con quien gastar su bondad, gente que solamente es capaz de usar su bondad para sí mismo y se olvida de que muchas veces es más gratificante dar que recibir.

En cualquier caso, aprovecho estos días de (más) reflexión para pedir disculpas si por algún casual aparezco en el papel de malo en la historia de alguien, creo que es un honor que no merezco todavía. 

Acéptalo dice la imagen del panel, y quizás no sea mal plan para estos días. Ya lo dijo Sherezade (según Google) 

"A veces las cosas no son como uno quisiera, pero siempre son como deben ser. Aprende a aceptar y dejar fluir".