jueves, 20 de abril de 2023

20 de abril del 23

Rara vez vuelvo a leer lo que escribo, aunque el principal motivo por el que escribo es poder tener un lugar al que poder volver y encontrarme con mi yo del pasado.

En esta ocasión, no quería volver a ver mi sombra, pero sucedió. Y sorprendentemente, lo que encontré era en parte lo que tenía pensado compartir este de abril. Ya sabes que para mí, este siempre fue un día especial. 

Así que sobre mis palabras de hace dos años solo quiero añadir dos cosas:

1) Está muy bien preguntar a los demás cómo están, pero no hay que olvidar preguntárselo a uno mismo con más frecuencia.

2) Hay otra pregunta que debemos hacernos más y es “¿para qué?. ¿Para qué sigues escribiendo los 20 de abril? ¿Para qué sigues anhelando que quienes se fueron vuelvan?

Dicho esto, esto es lo que escribí hace dos años, y no sé si preocuparme porque poco haya cambiado con lo que iba a escribir para hoy.


20 de abril de 2021
Cuéntame, ¿cómo estás?. Y no, no es un cómo estás de compromiso, de esos que nacen sin esperar respuesta. Es una pregunta sincera, cuéntame. 

Debo decirte que aunque hace tiempo que dejaste de doler, y aunque ya asumí que hay planes que nacieron para nunca cumplirse, de vez en cuando te recuerdo. Y si te sirve de consuelo, al final siempre queda un dulce regusto. Por ello, no me queda más que ser agradecido contigo.

Nos hacemos mayores, y seguro que nos hemos convertido en todo aquello que dijimos que nunca seríamos. Solo pido que el brillo de tus ojos nunca cambie, que nadie te haya expoliado tu alegría. 

Pero cuéntame, qué es de ti. ¿Has podido mantener tu fidelidad hacia el yo que hace tiempo conocí? ¿Los pájaros de tu cabeza que te hacían tan tú han logrado escapar? 

No sé si a tu vida ha llegado alguna cigüeña cargada, si tus noches ahora suenan a llantos y no a aquellas canciones que bailábamos de aquella manera. Si es así, espero que algún día le cuentes a tus herederos que hubo un tiempo en que soñabas con los ojos abiertos un futuro mejor a este presente, y a tu lado estaba yo.

Por mi parte, todo sigue bien, llego tarde a casi todo, pero sigo en pie.

Seguro ya no sabes dónde encontrarme, es algo que ni yo mismo sé, así que no me enfadaré si no respondes. 

sábado, 31 de diciembre de 2022

Mi año compartido

 Tenemos -yo el primero- la probablemente absurda costumbre de pensar que porque el planeta  culmine una vuelta más al sol se abre una nueva tendencia. Al fin y al cabo, los años no dejan de ser la suma de meses, que a su vez están compuestos por semanas, días, horas, minutos, … instantes al fin y al cabo: buenos, males y regulares.


Pese a ello, no deja de ser este un buen momento para sentarse y tratar de hacer balance de lo que el año nos ha deparado. Si bien durante unos años y por motivos que ni yo mismo podría explicar bien dejé de hacerlo, hoy querido retomar la costumbre. Eso sí, en esta ocasión, y dada la intensidad de mi 2022 creo que me centraré más en mí.

Ello no significa que olvide que el mundo sigue en guerra, que hemos tenido que adaptarnos a un mundial de fútbol masculino en pleno otoño, que hemos visto la caída de un ídolo como Will Smith o que ya no compartimos tiempo y planeta con gente como Pablo Milanés, Pelé, la reina Isabel II o Jesús Quintero. Igualmente, tampoco olvido que otra vez mi Tenerife estuvo a minutos de tocar su peculiar gloria.Pero es que mi 2022 ha sido tan intenso y enriquecedor que casi no puedo detenerme en recordar que en Irán, y en otros tantos lugares, todavía se sigue peleando por conseguir derechos de los que aquí disfrutamos desde hace tiempo. 

A bote pronto, diría que he cogido más de un centenar de aviones y que he dormido en más de tres decenas de camas diferentes, solo como muestra de lo “movidito” que ha sido este 2022 en el que paseé por 3 continentes diferentes y tuve que acostumbrarme a dormir en guardia con el teléfono móvil cerca. Y es que 2022 ha sido un año de contrastes, lleno de momentos de multitudes y de la soledad más asoladora; de oscuridad y de la luz más pura. Pero como me enseñó desde hace ya un tiempo el ser de luz de mis días, la luz siempre está arriba, siempre está.

Estos últimos 365 días han tenido capítulos de prácticamente todo tipo, con protagonistas capaces de salir en los mejores momentos y en los peores. Porque este ha sido un año de compartir, celebrando el triunfo del amor en forma de bodas o retomando los abrazos perdidos. Aunque todavía no sé si las decisiones tomadas han sido acertadas o no, sí sé bien que el miedo, ha vuelto a perder. 

Gente sin valor, en todos los sentidos de la palabra, también ha tenido su minuto de gloria en este año. Y tocará acostumbrarse a ellos, al fin y al cabo es el rumbo al que como sociedad hemos decidido dirigirnos. Pero no, me niego a dar protagonismo a esta gente en un año en el que me he reencontrado con el Mediterráneo al que un ya jubilado Serrat cantó, en el que he vuelto a saltar al ritmo de la música en vivo, en el que me he reencontrado con la Alhambra, en el que he aplaudido frente a Chichen Itzá o he visto cruzar estrellas fugaces en el cielo del desierto del Sáhara. Un año en el que grandes amigos han dado vida a parte de las nuevas generaciones. Un año en el que por suerte no he contado con bajas entre los míos. Y eso es gran motivo para celebrar.

Por todo ello, solamente me queda pedir que para dentro de un año pueda seguir diciendo que es una suerte que tal vez no merezca seguir contando con todos los míos cerca. Les quiero, y por ello les deseo el mejor de los años, con la conciencia de quien lo hace desde donde hay que hacerlo.

¡Feliz 2023!

viernes, 2 de diciembre de 2022

Un segundo en la eternidad

El quererse mutará en cariño.

Y el cariño, seco de ser regado solo a base de recuerdos, marchitará.

Quedarán las canciones que nos harán viajar durante 3 minutos y 20 segundos.

Tal vez otro amor nos enseñen que este no lo era.

Y al final, seremos lo que siempre fuimos: un segundo en la eternidad.

miércoles, 20 de abril de 2022

Sonríe, es 20 de abril. Y si no lo es, sonríe también

 Hace un tiempo admitía que a este blog le estaban saliendo telarañas y tenía polvo. Ahora, que ya ni a final de año ni por mi cumpleaños me ve aparecer, vencidas por el olvido, las telarañas son el menor de los problemas a los que este pequeño espacio se enfrenta.

Hoy, como quien cambia las persianas para evitar que entren okupas, me atrevo a dejar mi huella.


Este lugar abandonado, que nunca quiso ser inhóspito, siempre, o casi siempre tuvo palabras los días 20 del mes de abril y hoy al final he caído en la tentación. Porque sí, así soy yo, siempre injusto con los míos, preferí dedicarle unas líneas a quienes ya no copaban mi rutina, en lugar de llamarles e invitarles a una cerveza, y peor aún, en lugar de dedicar mi tiempo a cuidar a los que a mi lado seguían y de verdad lo merecían.


Ahora que no me luzco en redes, que no subo fotos ni en bodas ni rodeado de los bebés que marcarán mi futuro, que no presumo de apenas nada y que quizás me tomes por desaparecido quizás te alivie saber que estoy más vivo que nunca.


Las redes, el Marketing, los tiempos modernos, o como quieras llamarlo nos han enseñado que lo que no se ve, no existe. Y no es así. Hoy soy, más que nunca, quizás gracias al tiempo que junto a ti compartí, o quizás no.


Leí en su momento en alguna red algo así como “ojalá seas tan feliz como luces en las fotos que subes a las redes” y solo te deseo eso, que tu felicidad sea real, compartida en pareja o no, con el rol de cabeza de familia o no, con un buen trabajo o sin él, en el coche de tus sueños o en la guagua, con larga cabellera o con los vuelos a Turquía en favoritos de tu buscador. Feliz. Da igual cómo.


Y que si algún día te acuerdas de mí, lo hagas con una sonrisa en la boca.


No pido más.


Feliz 20 de abril. 


Texto íntegro escrito en el vuelo NT173 (LPA - TFN) cuando mi intención real era echarme una cabezada. 




lunes, 31 de mayo de 2021

Mejor

 Un joven se sube a una patera.


Dos políticos, de ideología opuesta debaten sobre su modelo de país.

Un matrimonio que firma su primera hipoteca.

Una mujer entrega una carta de renuncia en su puesto de trabajo.

Un niño, ya no tan niño, elige carrera para estudiar.

Una pareja que deja de serlo y se despide tal vez para siempre.

Una señora que, como todos los jueves, confía en los mismos números para la Primitiva.

La joven, que se despide de su coche heredado para recibir uno más nuevo.

Todas, todos, buscamos lo mejor. Lástima que todavía no hayamos sabido definir qué es lo mejor.


martes, 20 de abril de 2021

20 de abril (suma y sigue)

 20 de abril de 2021

Cuéntame, ¿cómo estás?. Y no, no es un cómo estás de compromiso, de esos que nacen sin esperar respuesta. Es una pregunta sincera, cuéntame. 

Debo decirte que aunque hace tiempo que dejaste de doler, y aunque ya asumí que hay planes que nacieron para nunca cumplirse, de vez en cuando te recuerdo. Y si te sirve de consuelo, al final siempre queda un dulce regusto. Por ello, no me queda más que ser agradecido contigo.

Nos hacemos mayores, y seguro que nos hemos convertido en todo aquello que dijimos que nunca seríamos. Solo pido que el brillo de tus ojos nunca cambie, que nadie te haya expoliado tu alegría. 

Pero cuéntame, qué es de ti. ¿Has podido mantener tu fidelidad hacia el yo que hace tiempo conocí? ¿Los pájaros de tu cabeza que te hacían tan tú han logrado escapar? 

No sé si a tu vida ha llegado alguna cigüeña cargada, si tus noches ahora suenan a llantos y no a aquellas canciones que bailábamos de aquella manera. Si es así, espero que algún día le cuentes a tus herederos que hubo un tiempo en que soñabas con los ojos abiertos un futuro mejor a este presente, y a tu lado estaba yo.

Por mi parte, todo sigue bien, llego tarde a casi todo, pero sigo en pie.

Seguro ya no sabes dónde encontrarme, es algo que ni yo mismo sé, así que no me enfadaré si no respondes. 





miércoles, 31 de marzo de 2021

¿Qué nos está pasando?

 Por edad, o quizás por otros motivos, debería ser de la generación paperless. Pero no, no lo soy, no sé si es el olor, mi memoria fotográfica para recordar por qué página voy o simplemente que tener algo tangible me da la sensación de no olvidar nunca el libro en cuestión. No lo sé.


Algo parecido me pasa con los discos de música. Me gusta comprarlos, para luego digitalizarlos y escucharlos desde mi teléfono. Con suerte, el disco más afortunado sonará en el coche, pero cada vez menos, al fin y al cabo sigo viéndole la gracia a la incertidumbre de escuchar radios musicales. Tal es este sucedáneo de TOC que he llegado a comprar vinilos sin saber si el viejo tocadiscos de casa funcionaba (como era de esperar, no, no funcionaba).


Sin embargo, esta manía mía no me impide ver las ventajas de los juegos soportes. Al fin y al cabo, gracias a ellos he podido hacer nuevos descubrimientos culturales o saciar la sed de alguna canción concreta.


Y sí, todo esto lo cuento para justificar que a mí haya llegado una vieja canción, una de esas que si todavía no ha pasado a los anales de la historia, no creo que lo haga. Con todos los respetos a sus autores.





¿Qué me está pasando? ¿Qué nos está pasando?


Que con cualquier cosa nos conformamos y aceptamos un mensaje antes que una llamada, que entregamos 5 días a la semana a no sé quién para poder tener dos para nosotros. Que seguimos haciendo caso a nuestro orgullo antes que a nuestro corazón, o cabeza. Seguimos usando el plural solo para culpar y conjugamos solo la primera persona del singular para vivir.


Y sí, creo que lo que me pasa es que me hago mayor, ya lo he comentado antes.

domingo, 21 de febrero de 2021

Domingo de piñata


Tú ibas vestida igual que tus amigas, yo, a saber de qué. Me lo preguntaste y yo traté de explicarte. No sé si lo conseguí. Nada nuevo, hay cosas que nunca te pude explicar.

Antes, sin darme cuenta te había estado buscando, siempre alerta. Y apareciste, cuando yo buscaba hielo, haciendo que de repente cualquier búsqueda que no llevara a tu saludo dejara de tener sentido.

Yo, lo suficientemente borracho como para sentir vergüenza al día siguiente, tú lo suficientemente sobria como para poder recordar lo hablado. 

No recuerdo qué canción sonaba, solo que hablamos del pasado, te conté de las veces que pensé en ti, y deseé, como deseo, que alguien te haya dado todo el amor que mereces y que yo no llegué a tiempo a darte. Seguiste sin entender mi disfraz, pero las heridas se disfrazaron de cicatrices por un momento, y no por la magia del alcohol.

Luego marchaste, prometiendo dar señales de vida, y de repente, por cada metro, se hizo un muro. 

Buscando tu llamada perdida, acabé encontrando un mensaje tuyo "me alegro de haberte visto, ya estoy en casa" y yo supe que quizás no fuera allí donde querías estar.

Y a ese día, quizás quieras llamarlo "algún día", yo prefiero llamarlo, "el carnaval que nunca fue".

domingo, 31 de enero de 2021

Ruido

 Me hago mayor. Podría notarse en las arrugas, en mi deplorable estado físico o en el indicador que desees, y probablemente estés en lo cierto. Sin embargo, creo que lo que más denota esta vejez quizás precoz es mi obsesión por el silencio. 

He decidido votar a quien me asegure en su programa electoral que perseguirá y sancionará a quienes insolidariamente deciden compartir su música con quien no lo hemos pedido, ya sea en la calle, en el transporte público o en la playa. Y sí, se me hace raro hablar de insolidaridad y hablar de compartir en la misma frase. 

Puede que en algún momento lo hiciera, principalmente en aquellos años y aquellas edades en las que llamar la atención era casi una prioridad, pero tampoco soporto a quienes ríen en voz alta, con su respectiva palmada cualquier tontería, solo por el mero hecho de hacerse notar.

“Son jóvenes, por mucho que se lo expliques, no lo van a entender” dice un señor a su señora mientras unos jóvenes recrean la escena mencionada en el párrafo anterior. Y yo, asiento para mis adentros, confirmando que me hago mayor. Luego marchan, y yo respiro aliviado, como cuando alguien apaga el extractor de la cocina, mientras me digo que el placer está en pequeñas cosas, y el silencio es una de ellas cuando es elegido.

No sé si ya lo he escrito anteriormente, diría que sí, pero en su momento aprendí en clase de Música que un tal John Cage había descubierto que el silencio absoluto no existe, y quizás por eso a veces me dé por pensar que la felicidad absoluta tampoco existe.

jueves, 31 de diciembre de 2020

El año en que...

En una de sus canciones, Andrés Suárez, uno de mis cantautores de cabecera, bautizó a este 2020 que afortunadamente termina como "el año en que no hubo verano ni fiestas de barrio". Y aunque es una descripción muy acertada, se me ocurren muchas otras que complementen esta descripción.

Porque este 2020 también ha sido el año de las mascarillas, del hidrogel, de la carrera por la vacuna, de los PCRs, ERTEs, de las clases de gimnasia en el salón, de los asintomáticos o de los besos y abrazos pendientes que pienso cumplir.  Porque prometo abrazar diferente, cerrando los ojos, y lo dejo hoy, 31 de diciembre por escrito.

Fue año en que descubrimos quién le había robado el mes de abril a Sabina, de los últimos carnavales en la vieja normalidad, el año en que El Grinch consiguió dejarnos sin Navidad, o tuvimos que pedir cita para ir a la playa, el año de cifras en el telediario por encima de nuestras posibilidades de digestión o el de aquellos días en que supimos que un beso por videollamada no es igual.

2020 será el año del confinamiento; de los aplausos a las 7, del “a ver si esta mierda termina pronto”, del miedo y los balconazis. El año del vacío, ya fuera en calles, oficinas, gradas, cabezas, corazones, cines o terrazas.

Fue el año bisiesto al que le sobraron muchos días, en el que llegamos a creer que saldríamos mejores y nos dijimos aquello tan repetido de "éramos felices y no lo sabíamos", en el que o endiosamos o machacamos al bueno de Fernando Simón o en el que acabamos con todas las existencias de papel higiénico.

2020 era el año redondo que no lo fue tanto, el año olímpico que tampoco lo fue, el momento en que corroboramos que siempre, la realidad podrá superar a la ficción. El año del "Resistiré" en los altavoces y el "Ya no puedo más" en boca de los hosteleros y multitud de empresarios. 


Este 2020 será el año de despedidas que quizás ya ni recordemos, de Michael Robinson a Pau Donés, de Aute, a David Gistau, pasando por Lucía Bosé o El Diego, sin olvidarnos jamás de todos los familiares que hoy, y siempre no volverán a estar físicamente en nuestras mesas.


Pandemia aparte, este año nos ha traído el desalojo de Trump de la Casa Blanca, del Black Lives Matter, de la aprobación de la eutanasia o del Rey emérito huido. Ha sido el año de la vergüenza en Arguineguín y el primero en muchos en que no tuvimos que ir a las urnas.

En lo personal, este 2020 termina con altas y sin bajas en mi familia, y lo celebro pero en mi cabeza no dejan de resonar las palabras de mi amigo Javi, que hace unos meses me dijo que deberían darnos el derecho a elegir si este año cuenta en nuestras vidas o no. Francamente, no sabría con qué quedarme, pero en ningún caso, dejaré de desearles lo mejor para este 2021 que en nada empieza.

¡A vivir!




lunes, 30 de noviembre de 2020

Paraguas

Llegados a este punto, hay algo que debo confesar: no creo en los paraguas.

No es que sea escéptico o que tenga mis dudas sobre su utilidad, simplemente ya no creo en ellos. 

Será que tuve la suerte de ver Venecia con lluvia, que en mi ciudad la lluvia hace brotar vida entre los adoquines y los tejados o que no pude darle mucho uso a mis botas de agua de Mickey durante mi juventud. Al fin y al cabo, ¿a quién no le ha intrigado nunca la lluvia?

Sí, sé que una herramienta a la que Rihanna dedicó una canción o que tiene un objeto específico para guardarlo, mientras esperan su oportunidad, pero ya no creo en ellos. Lo siento. 

Bajo él disfruté de grandes compañías y por ello no me importó perderme bellos paisajes, pero eso fue cuando creía en ellos.

No sé, a lo mejor es que que no crecí lo suficiente como para poder llevarlo con seguridad y firmeza, o que me he vuelto práctico y no me gusta cargar con nada, que es una responsabilidad tener que cuidar de un objeto más, no lo sé bien.

El caso es que ya no creo en los paraguas, por lo que puedo añadir un nuevo punto a esta entrada que hace ya unos cuantos años escribí a un niño que espero haya crecido feliz.


viernes, 23 de octubre de 2020

En mis 13

 A veces me gusta darle la vuelta a las cosas y tratar de buscar la forma de ver las cosas con ojos nuevos. En cambio otras, prefiero seguir conservando algunas tradiciones. Pero sin duda, lo mejor es cuando logro darle una vuelta a lo de siempre, conservando tradiciones. ¿Cómo era aquello de 'que todo cambie para que nada cambie?

Así que aquí estoy, dándole la vuelta a los 31 que hoy cumplo, para decir que estoy en mis 13, que sigo en mis trece.

Porque sí, pese a los años sigo en mis trece, paseándome por mi mundo interior, trancando las puertas a desconocidos. Sigo en mis trece, acumulando libros, soñando despierto y luchando por hacer que mis sueños dejen de serlo.

Sigo en mis trece creyendo que hay un mundo mejor esperándome, sin por ello dejar de valorar las cosas buenas de este. Sigo en mis trece en eso de querer a mi manera, aunque a veces mi querer no sea compatible con otros. 

Porque no me avergüenza reconocer que sigo en mis 13, con todo por hacer, amando y odiando al tiempo por ir tan rápido, cuando tiempo es todo lo que tenemos, todo lo que somos. Y seguiré en mis trece pensando así, llámame cabezón.

Sigo en mis 13, esperando poder seguir cumpliendo, poder seguir dándole vueltas a las cosas, mientras la Tierra da vueltas al sol.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Oxímoron

 La historia que hoy escribo es tan real que nunca sucedió. Tan breve que haría falta dos eternidades para contarla. Tan irrelevante en mi vida, que desde que sucedió, no he vuelto a ser el mismo. Esta historia es tan íntima que hoy te la cuento.

Nos conocimos una soleada y luminosa noche, yo andaba borracho sin haber bebido, algo que al día siguiente se traduciría en una de las mejores resacas que recuerdo. Su cuerpo yacía de pie en medio de aquel cielo infernal cuando clavó el mirar con acento de sus ojos verde arena en mí.

Reía triste, hasta que con una caricia sin manos me llamó para susurrarme a gritos el motivo de su alegre pena. Y a pesar de mi prisa calmada, decidí detenerme a escuchar su historia, parpadeando sin pestañear al enterarme que su gran drama era por haber descubierto que su vida estaba llena de oxímoron.

Pese a mi inexistente asombro, decidió salir de la cárcel de su libertad y desde su dicharachera timidez contarme cuántas veces había hecho el amor sin amor, los abrazos dados sin brazos o lo adictivo que le resultaba enamorarse del desamor. No dejó de nombrar las veces que había maltratado a quien le cuidaba y cómo quiso a quien no hizo por ofrecerle cuidados. Por resumir, me habló de amores que duelen y de cómo hay gente con miedo que no sabe huir del peligro.

Pese a mi esperada sorpresa, su cuerda locura hizo que siguiera contándome historias que yo jamás antes había imaginado en mi experimentada juventud. Mi cansancio despierto durmió cuando me ofreció brindar con un licor sin alcohol, algo que agradecí desagradecidamente porque tenía sed de sequía. Olvidé que a veces lo gratis tiene un alto precio.

Oí cómo el ruido de su silencio me dirigía piropos ofensivos mezclados con algún insulto alentador, pero impulsivamente decidí no responder a su inteligente tontería para no alterar la blanca oscuridad de su alma. Olvidé eso de que la mejor defensa es un buen ataque.

Cansado de la fiesta de la tristeza en la que me había visto envuelto, le ofrecí mi número para que me llamara cuando tuviera un mal buen día, con la certeza dudosa de que jamás llamaría, y me fui a disfrutar de mi multitudinaria soledad, dejando atrás su vestida desnudez. 

Mientras marchaba, la injusta venganza se tornó realidad y vi cómo lloró por amor. Nunca antes, un oxímoron tuvo tan poca belleza.





lunes, 31 de agosto de 2020

¿Otro verano?

 Sí, sé que últimamente solo me paso por aquí a lamentarme de los meses que se van. Y aunque técnicamente todavía quedan poco menos de 3 semanas de verano, los medios empiezan a decirnos que la etapa estival ha terminado.

Recuerdo haber escrito (y si no, haber pensado en hacer) sobre Amaral y su "no quedan días de verano", de los amores de verano y de la estación en sí misma. Pensé que ya lo había dicho sobre esta época en la que los calcetines se acortan y los días se alargan, pero no.

Porque comenzamos a despedirnos del verano antes de tiempo, porque en parte sabemos que este no ha sido otro verano más: ni ha habido verbenas, ni atascos ni colas en los puestos de helados. ¿Cuántos amores de verano habrán dejado de surgir? ¿Cuántas pandillas de verano se habrán quedado sin aforo para llegar a pandillas? ¿Cuántos porteros automáticos habrán dejado de sonar en búsqueda de compañía para jugar en las plazas?

Cierto es que para mí el verano dejó de ser verano cuando se dejó de emitir el Grand Prix o cuando las vacaciones dejaron de ser de 3 meses o cuando los telediarios dejaron de hablar de perros abandonados para hablar de incendios, cuando dejó de preocuparnos no tener canción del verano.

Volverán los zapatos abiertos a los armarios, perderemos color en nuestras pieles y nos llevaremos las manos a la cabeza al ver grúas poniendo luces de Navidad (¿habrán este año?). Mientras, algún gracioso, intento de escritor de blog venido a menos, dirá eso de que el verano es una actitud.

Lo que sí tengo claro es que la vida nos debe un verano.

viernes, 31 de julio de 2020

Razón

Hay muchas cosas que queremos tener y no sirven de nada. Los fabricantes de productos de teletienda lo saben, y nos tupen a extraños y poco elaborados anuncios (vale, quizás ya no tanto como antes, pero hay que saber buscarlos).

Ahora podría ser falso y decir que el dinero no sirve de nada, y que lo seguimos queriendo. Pero no, de momento el dinero sigue siendo útil, quizás no tanto como algunos imaginan pero lo es. Tal es así que entregamos lo único que tenemos, a cambio de un salario.

Pero hoy no voy por ahí. Tampoco mencionaré todos esos recuerdos que vamos acumulando a lo largo de la vida y apenas tienen valor. Mencionarlo sería como dispararme a mí mismo y despertar la furia de la propia Marie Kondo.

Es la razón eso que nos nubla, esa medalla de consolación inútil o el absurdo motivo para muchas peleas que no llevan a ninguna parte. 

De hecho, cuando pienso en este tema, me imagino al ahora criticado Cristóbal Colón llegando a las Indias, sonriendo por tener la razón, soñando con volver a Castilla a contar que había acertado, y que La Tierra era redonda. Luego, después de ese momento quizás se dedicó a hacer otras gestiones con los indígenas, pero de eso no me hablaron mucho en la escuela. Cristóbal tenía la razón, aunque en el fondo no fuera así.

Podría seguir con absurdas imaginaciones, con ejemplos poco elaborados o con la clásica referencia a la RAE que suele acompañar a mis entradas. Pero no. 

Con el panorama político actual, con la polarización de ideas, con todo esto de las Redes Sociales, hay un fenómeno que no puedo pasar por alto, el de quienes bloquean a quienes no piensan igual, a quienes pasan la persiana sobre otras ideas, porque al fin y al cabo, ya sabemos que ojos que no ven, corazón que no siente. ¿En serio querer tener la razón vale más que escuchar otros puntos de vista?

Dicho esto, vuelvo a una reflexión espontánea que solté hace no más de año y medio: no quiero rodearme siempre de gente que piense como yo, me enriquece la gente diferente. No hay más. 

Tengo razón, ¿verdad?.

martes, 30 de junio de 2020

Palabras que dejé de usar

Hay rutinas, buenas o malas, que sin darnos cuenta dejamos de hacer. Muchas veces no le damos importancia a la última vez que las llevamos a cabo, porque ni tan siquiera sabemos que no habrá una próxima vez en un horizonte temporal cercano.

Rara vez hay un motivo aparente, simplemente sucede, como con ese amigo al que dejaste de ver y llamar, sin que nada pasara. Nada salvo el tiempo.

Lo mismo pasa con algunas palabras, las dejamos de usar, aunque esta vez con motivos. Que 'perdón' o 'gracias' son cada vez menos usadas y más necesarias no es nada nuevo, pero no escribiré hoy sobre ello. Voy más allá, más atrás en el tiempo.

El caso es que ha vuelto a mi cabeza la palabra "arrullar", y me atrevería a decir que llevaba décadas sin tener conciencia de ella. Ya fuera por haber crecido o por la estúpida manía de eliminar columpios de los parques. Tal es mi obsesión, que pese a mi edad, que cada vez que veo un columpio, intento jugar un poco, y comprobar aliviado que todavía sueño con poder dar la vuelta al columpio, o tocar las nubes con la punta del pie.

'Arrúllame' era la palabra mágica cuando las piernas no llegaban al suelo para poder dar un impulso, una forma implícita de pactar un empujón a cambio de darlo después. Es tan mágico el verbo 'arrullar', que veo que para la RAE, ninguna de las acepciones es la que yo he usado.

Creo que pocas palabras son capaces de evocarme tan buenos recuerdos como esta.

¿Nos arrullamos? 

sábado, 30 de mayo de 2020

Fronteras

No llegaba a la década de edad, cuando Benito Cabrera compuso “Soy de aquí”. Me atrevería a decir que no solo no hay canario que no la haya escuchado sino que es imposible no emocionarse al oírla. Mismo sentimiento puede generar el Pasodoble Islas Canarias, que según tengo entendido, fue compuesto por un valenciano sin pisar las islas. En este particular podium tampoco puedo olvidar “Nube de Hielo”, también de Benito Cabrera, con la peculiaridad de poder emocionar sin tener letra en su canción.

Pero volvamos al principio. Cuando comencé a escuchar “Soy de Aquí”, creo que no entendí bien eso de “con el mundo por frontera, ser canario es mi razón”. Porque en la infancia, en circunstancias como las nuestras, no solemos entender de fronteras. Para mí, la palabra frontera por aquel entonces o era el nombre del municipio en que veraneaba o en su defecto un modelo de Opel.

Pero las fronteras existen, a veces como fruto de guerras o como reparto entre mandamases con copa de alcohol y puro. En el caso de Canarias, las fronteras vienen dadas, puesto que las diseña el mar.

Es muy probable que no logremos encontrar una definición clara de qué es ser canario, pero sí tengo claro que con el paso de los tiempos ha ido ganando peso eso de tener el mundo por frontera. Son tantos los amigos que han abandonado la tierra en algún momento que quizás superen a los que no lo han hecho, y ese rasgo no deja de acompañarnos, porque al fin y al cabo, las islas son ese lugar al que siempre puedes volver, al que el anhelo siempre te querrá llevar. Sí, eso tiene un nombre, hogar.

Así que si por un casual hoy me lee algún canario alejado de esta tierra, que sepa que en cada palabra de esta entrada le va un especial abrazo. Sigue teniendo el mundo por frontera.

Feliz Día de Canarias, hoy, y siempre.

lunes, 20 de abril de 2020

20 de abril de 2020

20 de abril de 2020

¿Cómo estás? 

No, no es un “¿qué tal?” de ascensor, de esos retóricos, que se hacen por cumplir y que en el 90% de los casos no hallan respuesta. Es un “¿cómo estás?” en toda regla, de esos que te cogen descolocado y te invitan a pensar la respuesta para luego desnudarte.

A estas alturas, no debe sorprenderte mucho que te escriba, llevo ya varios años haciéndolo en días como hoy, vale que quizás has cambiado de nombre, de sexo o de edad, pero mi intención sigue siendo la misma. De hecho, sigo sin saber por qué espero un año para esto.

No obstante, esta vez es diferente, no es solo que me haya entrado la melancolía y te haya tenido que hablar, es que mire donde miren me hablan de “distanciamiento social” y pienso si no estábamos lo suficientemente distanciados ya, acumulando promesas de cafés, cervezas, vinos, copas, paseos, conversaciones, viajes, abrazos, consejos, ... sí, la vida en sí misma ya estaba pendiente antes.

No voy a preguntarte si recuerdas grandes momentos, sino si ya olvidaste los más cotidianos: las esperas bajo mi portal, o mis dedos activando el timbre de tu casa, la fortuna de los pasos dados juntos, fueran los que fueran. Ya sabes que aunque tendamos a olvidarlo, lo bueno no está en lo extraordinario, sino en ser feliz con la rutina construida.

Algunos de los de antes ya no están, y otros hemos cambiado y aunque siga sin quererme lo que debiera cada vez le tengo más aprecio a la vida, y eso compensa. Al fin y al cabo, sigue vigente eso de que es mejor calidad que cantidad, y antes que quererse mucho, hay que quererse bien.

Admito que eché en falta tu aliento en los momentos de desánimo, tu hombro en las derrotas y tu copa en los brindis. Y aunque viva en mí la certeza de que estás bien, me apena pensar que no has acudido a mí en los momentos malos, el pacto que sellamos sigue vigente y puedes seguir contando conmigo.

Por mi parte, tengo descubrimientos que compartir contigo, como que se puede llorar con un te quiero o que te vi mientras sonaba nuestra canción. 

Bueno, ya me voy despidiendo, espero que en estas fechas tan propicias a ordenar armarios, mis palabras hayan desordenado un poco tu conciencia. Espero esto sea un hasta pronto, aunque como ya te conté, temo que no haya carnaval donde te vuelva a ver. 

Aunque sé que no me contestarás, porque te conozco y no cedes tan fácilmente, sigo deseando que te hayas sentido aludido y me busques. ¿Por qué nunca me llamas? ¿por qué no te llamo nunca? ¿acaso no hemos descubierto ya que empatía debería ganar siempre a ego?.

Sigue con tus sueños, el mío ya lo sabes...


miércoles, 25 de marzo de 2020

Los malos

A estas alturas no debería avergonzarme el reconocer ser espectador de "La Ruleta de la Suerte" (o La Ruleta de la Fortuna para los más nostálgicos).  Pero tranquilidad, porque no voy a ponerme ahora a vender las bondades del programa ni nada por el estilo.

El hecho es que hace dos días me encontré, al igual que todos los espectadores, con el siguiente panel:




Y para variar, comencé a darle más vueltas si cabe a mi cabeza. No sabría decir si me removió más pensar que en la historia de alguien soy yo el malo, o tratar de adivinar sobre los malos de mi historia.

Quizás no sea momento de contar mi todavía inacabada historia, pero me cuesta identificar malos o malas. Y si los hay, no deben tener forma humana. Lógicamente, he coincidido con gente de todo tipo a lo largo de mi vida, todos con sus aciertos y errores, pero de ahí a dotarles de la vitola de "malos", hay un mundo. De algunos me alejé, de otros me alejaron, y de otros lucho por escapar, aunque una parte de mí no quiera. Pero no tuvieron nunca el papel de malos, y eso no es bueno del todo.

Malos fueron otros, los de siempre, a quienes culpamos los que todavía anhelamos triunfos, los que no hemos dicho la última palabra, los que pensamos que hemos hecho méritos para haber alcanzado algún logro más: mala pudo haber sido la suerte, las circunstancias o simplemente el momento, si es que hay diferencia entre los tres conceptos. Creo que no siempre le damos al azar el papel que merece.

A veces soy escéptico sobre el destino y otras veces sobre las casualidades, y en cualquier caso, viajo siempre con una frase de Ismael Serrano en la cabeza "la excusa más cobarde es el culpar al destino". 

De la misma forma, hay gente que ha tenido el valor de reconocer su decepción conmigo, de entregarme reproches que intenté tomar como regalos, pero aun así, no creo formar parte del quinteto titular de sus malos. Hay gente con la que no estuve a la altura, quienes pagaron una cuenta que no les correspondía o quienes aparecieron en el momento más inapropiado. En cualquier caso, entre ser el malo en la historia de alguien, o simplemente no aparecer, no sabría qué escoger.

Dudo también que haya gente mala como tal, sino gente que dosifica con quien gastar su bondad, gente que solamente es capaz de usar su bondad para sí mismo y se olvida de que muchas veces es más gratificante dar que recibir.

En cualquier caso, aprovecho estos días de (más) reflexión para pedir disculpas si por algún casual aparezco en el papel de malo en la historia de alguien, creo que es un honor que no merezco todavía. 

Acéptalo dice la imagen del panel, y quizás no sea mal plan para estos días. Ya lo dijo Sherezade (según Google) 

"A veces las cosas no son como uno quisiera, pero siempre son como deben ser. Aprende a aceptar y dejar fluir".


jueves, 19 de marzo de 2020

También estuviste

Antes de todo esto, llevaba unos días rondándome la idea de escribir sobre todos esos lugares en los que he estado sin saberlo. Comencé a escribir alguna línea, y para variar, quedó olvidada.

Me explico, sin saberlo, hemos estado en más lugares de los que creemos. Porque de una forma u otra, cada vez que alguien te piensa, estás. Si lo piensas, cuando de viaje compras un souvenir, estás comprando la demostración física de que te acordaste de ella.

Porque sí, sin ella saberlo, ha estado en la calle menos pensada de mi ciudad, en los atascos matutinos o incluso en algún examen con control de acceso. Y yo, quizás estuve en los rascacielos de Nueva York, en globo por la Capadocia, en algún bosque neozelandés o entre alguna tribu africana. No lo sé. Prefiero pensar que sí.

Y ahora, yo que nunca fui de hacer grandes fiestas en casa, tengo en mi salón a tanta gente que me río del camarote de los hermanos Marx. Todos a mi lado, olvidando la distancia de seguridad, recordándome buenos momentos mientras contamos los días. Y quién sabe, quizás yo ahora esté en el sillón menos pensado, o en el balcón más recóndito.

Comentaba que esa idea llevaba tiempo rondándome, pero hoy todo ha cambiado. He descubierto un poema de la poeta Elvira Sastre que dice así: "¿Dónde estás cuando no pienso en ti?". Y te he imaginado en otro salón contando los mismos días pero con otros fines y te he vuelto a invocar,  y me ha dado igual dónde has estado,porque vuelvas a estar aquí, y aquí cabemos todos.

Volveremos a la vida y estaremos en muchos lugares más.